FIB 2016
Making a murderer

Making a murderer

6.0
Publicado el 12.01.16

La serie que se hizo sola

Steven Avery es un hombre con mala suerte. Un pobre diablo con un coeficiente intelectual limitado y una situación económica lejos de ser privilegiada. Avery es lo que hemos venido a llamar white trash. Esa basura blanca que usan los norteamericanos para referirse a una clase social pobre e inculta que sobrevive a duras penas al margen de un sistema que sólo les recuerda para aplastarles. Son aquellos que hemos visto en infinidad de películas y series malviviendo en sus caravanas, conduciendo sus coches destartalados, viviendo rodeados de una miseria que poco a poco les engulle.  Son la oveja negra de América. La mierda que les gustaría esconder debajo de la alfombra.  

Y solo por esto, por haber nacido y crecido chupando el polvo que levanta la gran Norteamérica, ya podríamos afirmar categóricamente que Steven Avery es un hombre con mala suerte.  Pero la cosa todavía es peor, porque Avery se ha pasado la mayor parte de su vida entre rejas, pagando por un crimen no cometido. La primera vez fue en 1985, cuando fue acusado de violación y pasó los siguientes dieciocho años en la cárcel antes de ser exonerado gracias a una prueba de ADN. La segunda vez fue en 2005, cuando, dos años después de volver a vivir en libertad, fue acusado de un asesinado capaz de hacerle pasar el resto de sus días en prisión.  

La vida de Steven Avery es trágica, injusta y absolutamente fascinante. Su historia está llena de desencuentros con la fortuna, de vendettas, de verdades y hechos que claman al cielo pero que quienes deberían haber estado mirando, no pudieron o quisieron ver. Avery es el protagonista involuntario de una realidad que es más grande que la vida misma, de una existencia que supera a cualquier ficción que pudiéramos imaginar.  La suya es una de esas historias increíbles que se escriben solas. Y ese es precisamente el problema.

En las manos de Laura Ricciardi y Moira Demos, sus directoras, ‘Making a murderer’ se convierte en una serie documental anodina y baldía.  En ella,  el valor artístico desaparece por completo: no hay intención ni reflexión en su realización y mucho menos en su montaje. Para muestra un botón: La primera parte de la odisea de Avery (esa primera acusación que le valió dieciocho años en prisión) es fusilada en apenas un capítulo, mientras que se reservan ocho para contar con todo lujo de detalles (los interesantes y los que no lo son tanto) el segundo crimen del que se le acusaría.

‘Making a murderer’ se convierte así, durante la mayoría de sus capítulos, en un primer borrador sin trabajar de lo que podría haber sido una gran serie, en otras manos y, especialmente, con otro montaje.

Compararla con ‘Serial’(otra historia sobre la ineptitud del sistema judicial norteamericano) o ‘The Jinx’, (un documental que, basado en otra vida más grande que la ficción sí supo sacarle brillo a su aportación), sería injusto, casi cruel. ‘Making a murderer’ juega en otra liga: la de los productos de serie b, la de los especiales televisivos sensacionalistas de los que, eso sí, no podemos apartar la vista.

Qué mala suerte, la de Steven Avery, al que le ha tocado protagonizar la versión de saldo de su vida hasta en la televisión. 

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