FIB 2016
Florence + The Machine

Florence + The Machine

Island, 2015
8.0
Publicado el 04.06.15

El camino que había emprendido hasta ahora Florence Welch indicaba que su tercer disco podría ser el más ambicioso hasta la fecha, pues desde sus inicios la británica ha ido expandiendo su sonido sin traicionar sus orígenes y llevándolo a esos terrenos del pop barroco. Pero con ‘How Big, How Blue, How Beautiful’ ocurre algo raro. Sí, hay cuerdas más grandes que la vida, secciones de vientos eufóricos y, claro, el vozarrón de ella, que guía las canciones y a la vez nos hace erizar el vello. Pero en lugar de hacer un gran trabajo de estudio a lo ‘Ceremonials’, algo que se podría deducir por su decisión de prescindir casi del todo de Paul Epworth, su productor de confianza, para llamar a Markus Dravs (Coldplay, Mumford And Sons, Arcade Fire). Todo esto tiene una explicación. Welch siempre había querido trabajar con él desde que escuchó el ‘Homogenic’ de Björk. Buscaba alguien que se supiese desenvolver bien tanto en lo orgánico como en lo electrónico, que no tuviese miedo a los sonidos majestuosos y que se le diesen bien las trompetas. El resultado final es todo lo que esperaba ella al escoger a Dravs, pero, como decíamos, con una vuelta de tuerca. Aquí la artista combina con maestría los numerosos eufóricos que siempre le han caracterizado, con otros ejercicios más reposados y meditabundos, que irradian una calidez que quizá no se lograba encontrar antes entre tanto despliegue instrumental.

Ocurre que el destino es muy caprichoso. Justo cuando iniciaba su gira mundial de presentación de este trabajo, en plena actuación en Coachella se rompió un pie. En lugar de cancelarlo todo hasta su recuperación, como hacen muchos, ella decidió seguir con sus planes, pero claro, con las fuerzas limitadas. Seguía estando su portentosa voz y, claro, su banda de acompañamiento, The Machine. Pero era una enorme oportunidad para explorar esta nueva faceta suya más introspectiva, alejada de los adornos instrumentales ampulosos y más centrada en contar una historias más personales. Contó Welch en una entrevista a Zane Lowe que este álbum empezó en un punto muy oscuro en su vida. Su autoestima estaba por los suelos. Y no es que se pusiese a trabajar en él justo después de acabar un extenuante tour. No tuvo presiones del sello y pudo tomarse un descanso de doce meses. Esta desazón se refleja a la perfección en el disco. Pero por muy turbios que sean los asuntos que trata (generalmente sobre el desamor, curiosamente, pocos meses después de que una de sus grandes inspiraciones, Björk, lanzase el que es, quizá, el LP de ruptura más bello en muchos años), esa voz que tiene Florence hace que todo se envuelva de un halo mágico, preciosista. El síndrome de Stendhal sigue ahí, con o sin cuerdas.

Al final tenemos un álbum muy equilibrado. Por ejemplo, quienes busquen lujosos ejercicios instrumentales los encontrarán en el tema titular, adornado por unos vientos, por cierto, de Will Gregory (Goldfrapp), los que busquen ese góspel que tanto le ha gustado a la británica lo encontrarán en la pieza que cierra el disco (‘Mother’), en la que rescata a Paul Epworth para un último servicio, si quieres ese toque rockero para levantarte el ánimo y crecerte en sus conciertos, ahí está esa ‘What Kind Of Man’ más grande que la vida, y quienes busquen nuevos aires los encontrarán en la muy ¡jangle! ‘Ship To Wreck’ o en ‘Lost & Found’, que está más cerca de Jessie Ware que de Kate Bush. A sus 28 años, Florence ya ha conseguido lo que se proponía. Si hasta ahora era una alumna aventajada del art-pop, ahora ya es el auténtico referente de su generación junto a Bat For Lashes. Sólo el futuro indicará si finalmente se convertirá en una diosa de la música como la islandesa. Pero va por el buen camino.

 

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