FIB 2016
Suehiro Maruo

Manual de uso: Ero Guro

Publicado el 22.07.13

En los últimos tiempos, el término japonés ero guro se ha ido haciendo un hueco entre los consumidores de cómic patrios gracias a la publicación en España de la obra de mangakas adscritos a esta corriente como Suehiro Maruo o Shintaro Kago. Pero ¿qué es exactamente el ero guro? En realidad, el término completo original es ero guro nansensu, una amalgama traducible por “erótico grotesco absurdo”, aunque habitualmente se suprime este último adjetivo, que tiene más que ver con la contravención de las reglas morales que con el absurdo tal y como habitualmente lo entendemos. A grandes rasgos, el ero guro definiría una serie de obras donde el erotismo se fusiona con la decadencia física, la mutilación, la violencia y distintas parafilias que incluyen la zoofilia, la necrofilia o la coprofagia. En resumidas cuentas, el erotismo llevado al terreno de lo bizarro y lo malsano.

 

El ero guro no tiene su origen en el manga, sino que surge –aunque más adelante hablaremos de algunos antecedentes– en Japón allá por los años 20 y se consolida en los 30 apegado a los terrenos de la literatura, el cine y la pintura. Es, en cierto modo, una movimiento de reacción contra los preceptos de la recién abandonada era Meiji (1868-1912), cuyo nombre se puede traducir por “culto a las reglas”, una especie de época victoriana en Japón caracterizada por la represión de los impulsos naturales y, obviamente, por la reprobación de cualquier demostración pública de la sexualidad que no estuviera conforme con los estándares de moralidad imperante. En la recién inaugurada era Showa (1926-1989) comenzaba la modernización y la apertura del país al resto del mundo al tiempo que se producía una explosión de medios culturales y de entretenimiento (cine, radio, revistas de circulación masiva) que reflejarían el hambre de libertad sexual del japonés medio y su querencia por el morbo tras un largo período de ayuno. Tampoco conviene olvidar que precisamente en las primeras décadas del siglo XX se produjo un importante avance en el estudio “serio” de la sexualidad y su relación con el inconsciente, en gran medida avalado por las tesis de Sigmund Freud (1856-1939), que publicaba su Tótem y tabú en 1913. Dos años después, Eiji Habuto y Junjiro Sawada publicaban en Japón Hentai Seiyokuron (algo así como “Sobre el deseo sexual perverso”), que fue reimpreso 18 veces a lo largo de una década. Así las cosas, el Japón de los años 20 y, sobre todo, de los años 30, abrazó una nueva libertad en el terreno sexual inclinándose hacia el género hentai (sexo anómalo), dentro del cual se encuadra el ero guro. Entre los escritores que practicaron este proto ero guro se encuentra el muy popular RanpoEdogawa (1894-1965), un novelista especializado en el misterio cuyo nombre es una transcripción fonética al japonés de “Edgar Allan Poe”. Aunque hoy en día pueda parecernos muy inocente, la inclusión en sus relatos de la homosexualidad o de comportamientos sexuales que involucran objetos peculiares por lo absurdo (como un mero sillón) prefigura la explosión de sexo explícito de algunos de los mangakas de hoy en día. No en vano, Suehiro Maruo (1956–), el dibujante ero guro más famoso en España, ha firmado ya la adaptación de dos relatos de Edogawa, La extraña historia de la Isla Panorama (Glénat, 2009) y La oruga (EDT, 2011). En ambos casos, Maruo se aparta de los explícito de sus anteriores obras, sugiriendo una raíz para lo grotesco mucho más oculta bajo la tierra, o si se prefiere, en el inconsciente. En La extraña historia de la Isla Panorama se aborda una especie de thiller que incluye una inquietante suplantación de identidad pero cuyo auténtico corazón late al ritmo de la historia del arte, su relación con la naturaleza y por tanto su necesaria decadencia y podredumbre. En La oruga, Edogawa y Maruo proponen el regreso a casa de un militar que ha perdido todas sus extremidades en la guerra y que entabla una relación insana con su esposa en la que se entremezclan la dependencia, el deseo, el rencor y el engaño. Y, sorprendentemente, el amor. A pesar de que se trata de las obras más comedidas –por decirlo de alguna manera– de Maruo, también son las más desasosegantes: su tono de verosimilitud las convierte en especialmente escabrosas. No se puede cerrar el capítulo de Maruo sin mencionar las que muchos consideran sus obras maestras. En primer lugar, La sonrisa del vampiro (EDT, 2012), un relato donde el mito vampírico recupera toda su violencia y erotismo originales, un catálogo de lirismo gráfico con el contrapunto de la brutalidad más abyecta. Y en segundo lugar, Midori (Glénat, 2003), la adaptación de un relato clásico japonés en el que una joven inocente es adoptada por un circo ambulante de seres deformes sin nada que envidiar a los que Tod Browning (1880-1962) inmortalizó en La parada de los monstruos. Midori cuenta también con una adaptación al cine de animación, dirigida por Hiroshi Harada (1962–) en 1992. Muy cerca de las enseñanzas de Maruo se sitúa Usamaru Furuya (1968–), al menos en su única obra publicada en nuestro país, Hikari Club (EDT, 2012). Si bien en otros de sus trabajos Furuya se acerca al terror puro y duro, a la fantasía o al surrealismo, en Hikari Club hace suyos muchos de los rasgos gráficos y de los motivos temáticos de Maruo, especialmente los contenidos en Midori: protagonistas adolescentes, tensión entre la pureza y la corrupción, sometimiento y dominación físicas y psicológicas. Es interesante resaltar que Hikari Club es la adaptación de una obra teatral.

 

El lector español que quiera acercarse directamente a las imaginativas propuestas de Edogawa puede hacerlo a través de Relatos japoneses de misterio e imaginación (Jaguar, 2006), La lagartija negra y la bestia entre las sombras (Jaguar, 2008) y Moju. La bestia ciega (Jaguar, 2010). Pero Edogawa no surgió por generación espontánea, y él mismo declaró su admiración por Kaita Murayama (1896-1919), un poeta, pintor y novelista también fascinado por Poe a quien atribuyó ser “una de las voces de lo grotesco más importantes de Japón”. Algunos de los motivos principales en el trabajo de Murayamafueron el amor homosexual y la decadencia, y ha sido comparado por su vanguardismo con Arthur Rimbaud. El contexto de la obra de Edogawa, en términos editoriales, era muy similar al pulp norteamericano, y algunos de sus compañeros de publicación en la revista Shin Seinen como puedan ser HokuneiUmehara (1901-1946), JuzaUnno (1897-1949) o KyusakuYumeno (1889-1936) también se consideran partícipes de los orígenes del ero guro literario. Pero el ero guro no es un género necesariamente dirigido a las clases bajas. De hecho, encontró acomodo entre la burguesía –aunque era despreciado por muchos intelectuales conservadores y nacionalistas, además de objeto de la censura– y se complacía en recrear ambientes de lujo, amaneramiento y otras cualidades hedonistas que muchas veces escondían la podredumbre. En este sentido, existía en estos primeros años del género una fascinación por la Alemania de la República de Weimar, como se percibe en muchos de los relatos de Maruo contenidos en New National Kid (Otakuland, 2004) o DDT (Otakuland, 2004), una época de aparente bondad en la que bajo la superficie se gestaba el nacimiento del nazismo. En el manga ero guro, dicha fascinación se extiende en ocasiones a las innovaciones estéticas aportadas por el cine expresionista alemán, muy obvias tanto en la obra de Maruo como en el Hikari Club de Furuya.

 

Tampoco fue el ero guro exclusivamente literatura de consumo meramente popular, y entre los escritores que podemos considerar padres del género se encuentra Taruho Inagaki (1900-1977), otro escritor íntimamente relacionado con la homoerótica y con el placer estético que, para Yukio Mishima, marcaba un antes y un después en la literatura japonesa. Por otra parte, el distrito recreativo de Asakusa, en Tokio, llegó a relacionarse íntimamente con el ero guro en gran parte debido a La pandilla de Asakusa, una novela del Premio Nobel Yasunari Kawabata (1899-1972) que describía el decadente ambiente en el que convivían famosos artistas, delincuentes y prostitutas adolescentes. La influencia del anteriormente citado Murayama y, sobre todo, Inagaki, sería fundamental más adelante para definir las bases de otro tipo de manga, el yaoi, un género basado en el amor romántico entre hombres que, paradójicamente, es consumido principalmente por mujeres y cuyos protagonistas suelen responder a la definición de bishonen, esto es, “joven hermoso”. Pero si hablamos de erótica grotesca homosexual en el manga, no podemos dejar de mencionar a Gengoroh Tagame (1964–), de quien por desgracia en España solo se ha publicado la trilogía de La casa de los herejes (La Cúpula, 2010-2011). En su obra, hombres hipermusculados e hipermasculinos ceden a sus más inconfesables pasiones de dominación y sumisión, y sus páginas son un recital de bondage y sadomasoquismo.


La Segunda Guerra Mundial supuso un marchitamiento del ero guro dentro del panorama cultural japonés. Con todo el esfuerzo político de los dirigentes puesto en el sentimiento patriótico y el ardor bélico, no había espacio para la celebración de la pasión erótica, y mucho menos cuando esta pasión coqueteaba con lo que las instituciones consideraban “desviaciones”. Tras la guerra, sin embargo, el ero guro volvió a la carga. Las productoras de cine Shintoho en los años 50 y Toei a partir de los 60 se afanaron en dar salida a películas de bajo presupuesto donde se corrían paralelos sexo y violencia, una reencarnación del ero guro en el celuloide que recibió el apelativo de pinku eiga (“cine rosa”). En cualquier caso, desde 1949 la legislación japonesa prohíbe el consumo público de tres áreas específicas de la sexualidad: los genitales, el vello púbico y la penetración, motivo por el cual es relativamente habitual encontrar obras, tanto en cine como en manga, en las que la representación gráfica de estos elementos son sustraídos al espectador. Esta censura no es óbice para que otros aspectos inquietantes y de alto contenido sexual sean sugeridos de manera más o menos explícita. La influencia de Edogawa en el cine ero guro también se hizo sentir, y en 1969 Masamura Yasuzo (1924-1986) estrenaba en las salas de cine La bestia ciega, una adaptación del relato del mismo título del escritor japonés. Entre los directores de cine pinku más conocidos se encuentran Wakamatsu Koji (1936-2012), cuya película Oruga (2010) fue nominada al Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín. ¿Adivinan de qué va Oruga? Efectivamente, es la adaptación del relato de Edogawa que también llevó al manga Maruo y que, por cierto, no deja de tener similitudes con El imperio de los sentidos (1976) de Nagisa Oshima (1932-2013). Otro de los directores importantes del género fue Ishii Teruo (1924-2005), con una serie de películas que se han denominado genéricamente con el título de una de sus cintas, “El placer de la tortura”, pero si queremos aunar los conceptos de tortura, cine y manga, es imprescindible acudir al nombre del mangaka y director de cine Hideshi Hino (1946–). Hino, que a menudo introduce pinceladas autobiográficas en sus cómics, no siempre es practicante de ero guro, y en propiedad podríamos denominarlo simplemente un autor de terror. Sin embargo, y aprovechando alguna insinuación erótica, recomendamos fervientemente La serpiente roja (La Cúpula, 2005) y Panorama infernal (La Cúpula, 2006), sin ninguna duda dos de sus mejores trabajos. Hino, que antes de ser autor de manga quiso dedicarse al cine, pudo al fin cumplir su sueño al dirigir dos de las entregas de la serie Guinea Pig, tan extremadamente violentas y realistas que algunas leyendas urbanas las han considerado snuff movies. Ambas películas, Flor de carne y sangre (1985) y La sirena en una alcantarilla (1986) están libremente basadas en mangas de Hino.


Pero comentábamos al principio que las raíces del ero guro se hunden mucho más allá de los años 20 o 30 del siglo XX, y hay que buscar su ápice en el ukiyo-e o “imágenes del mundo flotante”. Ukiyo-e es el nombre que recibían las xilografías que proliferaron durante la era Edo (1603-1868) y cuyos motivos giraban en torno al mundo del placer y el entretenimiento que comenzaba a florecer en, precisamente, Edo, la actual Tokio. Los ukiyo-e alcanzaron su auge en el siglo XIX, convirtiéndose en el arte popular por antonomasia en Japón, tanto como hoy en día lo es el manga, y prácticamente se extinguieron al comienzo de la era Meiji. Uno de los autores de ukiyo-e más populares fue Katsushika Hokusai (1760-1849), algunas de cuyas imágenes han pasado a formar parte del imaginario colectivo a nivel mundial. El término manga fue acuñado por Hokusai para hacer referencia a sus dibujos rápidos, significando literalmente “dibujos caprichosos” o “garabatos”. Como muchos otros ilustradores de la época, Hokusai cultivó distintos géneros dentro del ukiyo-e, siendo uno de ellos el shunga, literalmente “dibujo de primavera”, donde primavera funciona como eufemismo de “sexo”. Dentro de esta vertiente, es bien conocido El sueño de la esposa del pescador, un grabado en el que una mujer se rinde a los avances sexuales de un par de pulpos (donde “pulpo” no es un eufemismo). En esta imagen encontramos un precedente claro a todo el subgénero del hentai actual basado en la violación con tentáculos, un subgénero contiguo y comunicante con el ero guro. Antes de alejarnos de Hokusai –cuya importancia es fundamental en el arte japonés– y a pesar de que no se encuadra en el tema que nos ocupa, recomendaremos la lectura de un manga biográfico sobre el artista: Hokusai (EDT, 2012), de Shotaro Ishinomori (1938-1998). Dentro del shunga se pueden establecer también categorías, y una de las que más conexiones tiene con el ero guro es la relacionada con el kinbaku (bondage). El ahorcamiento, los latigazos o la suspensión con cuerdas con fines sexuales fueron algunos de los temas que abordó Tsukioka Yoshitoshi (1839-1892), por ejemplo en Ohsu adachigahara hitotsuya no zu (“La casa solitaria del pantano de Adachi”), de 1885, ilustración con la que recordaba la leyenda de la vieja bruja que asesinaba y extraía las entrañas de mujeres embarazadas para que su amo se alimentase de la sangre de los fetos. Este trabajo de Yoshitoshi sería una gran influencia para Seiu Ito (1882-1961), uno de los ilustradores de ero guro más famosos durante el nacimiento del movimiento, especializado en el kinbaku. Yoshitoshi está considerado como un maestro y un renovador del ukiyo-e no solo por los avances técnicos y estilísticos que alcanzó, sino por lo atrevido de sus propuestas. La obra que lo sitúa definitivamente como padrino del ero guro es la serie Eimei nijuhasshuku (1866-1868) (algo así como “28 famosos asesinatos con verso”), 28 grabados realizados junto a Ochiai Yoshiiku (1833-1904) en los que se da rienda suelta a la carnicería más violenta, atroz y sangrienta, un subgénero del ukiyo-e denominado muzan-e (“dibujos sangrientos”). En 1988, Suehiro Maruo y Kazuichi Hanawa (1947–) decidieron recrear y modernizar los 28 grabados de sus predecesores creando “28 atrocidades sangrientas” y llevando varios pasos más allá en términos de sexo y violencia los ya de por sí impactantes dibujos del siglo XIX. De Maruo ya hemos hablado, pero el de Hanawa es un caso peculiar. En sus inicios como autor llegó a practicar el ero guro en obras como Niku yashiki (1971) y Akai yoru (1972), pero más tarde se desmarcó del género inclinándose hacia las leyendas populares japonesas y haciendo hincapié en los elementos fantásticos en detrimento de la truculencia. En España es conocido gracias a En la prisión (Ponent Mon, 2004), el relato autobiográfico de su encarcelamiento por posesión ilegal de armas de fuego. El legado de Yoshitoshi y otros grabadores del muzan-e se manifiesta todavía hoy en día en la obra de algunos ilustradores japoneses, como es el caso del extraordinario Toshio Saeki (1945–), cuyas antologías Onikage, Chimushi 1 y Chimushi 2 son imprescindibles para cualquier buen aficionado al ero guro. Aunque cuenta en su haber con algún que otro manga, también incluimos en la categoría de ilustrador de altura a Takato Yamamoto (1960–), que combina en su trabajo el ukiyo-e con el romanticismo y el neogótico dando como resultado lo que él mismo ha denominado como “estética heisei” (Heisei es el nombre que recibe la era actual en Japón, comenzada en 1989, tras la muerte del emperador Hirohito). No resistimos tampoco la tentación de incluir en esta nota el nombre de Hiroaki Samura (1970–), de fama internacional por su serie de samuráis La espada del inmortal pero que en ocasiones, si bien no puede decirse que haya practicado el ero guro, ya que carece de ese nonsensu requerido, sí que se ha explayado en el terreno del sadismo sexual. En este sentido podemos destacar Los carruajes de Bradherley (Dolmen, 2008) y, sobre todo, un libro de ilustraciones titulado Hitodenashi no koi (algo así como “Amor salvaje”), donde sus realistas dibujos a lápiz alcanzan un nivel de abyección y crueldad para cuya contemplación hace falta poseer un estómago a prueba de bomba y esconder los escrúpulos debajo de la cama.


Encaramos el párrafo final del artículo con el retorno al manga y la mención de algunos de los autores de nuestros tiempos que practican lo erótico y grotesco en su trabajo. Toshio Maeda (1953–) es prácticamente un clásico del hentai, y más concretamente de la violación con tentáculos. Desarrolló el grueso de su carrera en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo y los OVAs basados en su obra han trascendido de una manera excepcional, como certifica Urotsukidoji. Lamentablemente, no es habitual que los mangakas de ero guro sean exportados a otros países de manera sistemática, posiblemente debido a que lo extremo de su propuesta asusta a los editores de otros países cuyos circuitos comerciales están menos acostumbrados a este tipo de material. Jun Hayami, uno de los mayores exponentes del sexo macabro, apenas si ha visto un libro suyo publicado en Estados Unidos y Francia. Por supuesto, en España ni se le ha visto el pelo. Hayami, en activo desde mediados de los 80 y cuyo estilo de dibujo recuerda al del clásico del terror Kazuo Umezz (1936–), está especializado en hacer sufrir a las jovencitas. Casi puramente pornográfico es el trabajo de Henmaru Machino (1969–), cuyos personajes a menudo son hermafroditas con enormes (y numerosos) pechos y penes simultáneamente, y otro tanto se puede decir de Saizou Horihone, que aborda los mismos temas y lo hace también con ese estilo de dibujo que mezcla la bestialidad más escandalosa con representaciones de personajes infantiles de grandes ojos inocentes. Otro de los nombres indispensables hoy en día a la hora de hablar de ero guro es el de Waita Uziga. Sin duda, su especialidad son las vísceras y las distintas posibilidades creativas para extraerlas del cuerpo humano. Y para cerrar el artículo, nada mejor que la última sensación en España en lo que respecta a manga en general y ero guro en particular: Shintaro Kago (1969–). Curiosamente, y a diferencia del resto de los autores nombrados en este párrafo, las (extremas) propuestas de Kago tienen la cualidad de incluir casi siempre la pornografía pero sin que esta se convierta en el elemento principal. Muy al contrario, Kago hace menos hincapié en el ero y más en el guro y el nonsensu. La publicación en nuestro país de Reproducción por mitosis y otras historias (EDT, 2012) sorprendió y convenció tanto a los aficionados al manga como a lectores de cómic alejados de esta tradición. Su originalidad, su altamente desarrollado humor negro y absurdo y su preocupación por experimentar con el lenguaje y explorar territorios desconocidos de la narrativa gráfica, hicieron que el boca a boca funcionase rápidamente, convirtiendo a Kago en un autor de culto en tan solo unas semanas. Pocos meses después aparecía en nuestro mercado Novia ante la estación y otras historias (EDT, 2012), y se confirmaba el interés por el mangaka con la edición de Fraction (EDT, 2013), un thriller metalingüístico y macabro, un ejercicio de estilo insólito. La más reciente edición de Kago en España es Cuaderno de masacres (EDT, 2013), que se desarrolla en la época Edo y que por tanto trae a la memoria a los dibujantes de ukiyo-e, más por la ambientación que por otro tipo de relación más estrecha. Aunque el ritmo de publicación de libros de Kago empieza a parecer excesivo y puede saturar las papilas gustativas de los lectores, su habilidad mutante para abordar cambios de registro en cada obra hace que cada nueva publicación sea recibida con expectación. 

 

Aquí termina nuestra minúscula guía del ero guro. Esperamos haber despertado la suficiente curiosidad para que continúen indagando en este peculiar por su cuenta y, sobre todo, esperamos haber removido algo en su interior. Al fin y al cabo es de lo que se trata.



 

 

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