FIB 2016
Error de casting:

Error de casting: "La posibilidad de una isla"

Publicado el 26.08.11
Un "Greatest Hits" fallido
por David G. Natal
@DavidGNatal

No debe de ser fácil ser Michel Houellebecq . Ésta es la típica frase introductoria rotunda que bloquea el comienzo de cualquier texto. En el caso de ‘La posibilidad de una isla’, ese rol lo cumple ésta otra: “¿Quién, entre vosotros, merece la vida eterna?”. No es una obsesión nueva ‘chez Houellebecq’, de hecho la vejez, la obsesión por la inmortalidad, la dictadura de la juventud son temáticas básicas de su obra, … solo que hasta aquí no se habían hecho tan pesadas. Narrar desde el futuro, o con la perspectiva de un futuro, no es en sí más que un recurso narrativo, pero en manos de Houellebecq suele ser un juicio sumarísimo sobre la contemporaneidad. Para muestra: “El amor parece haber sido para los humanos del último período el summum y lo imposible, el punto focal donde podía concentrarse todo el sufrimiento y toda la alegría. Coincidirán conmigo en que no se trata de una gran revelación. Pues precisamente en base a esta sentencia se articula este fracaso narrativo titulado “La posibilidad de una isla”, en la que Houellebecq intenta ser un cínico, pero termina resultando un romántico ‘naif’.

Situemos cronológicamente la obra. Su novela anterior, “Plataforma” (2001), no supuso la oportunidad de revancha que muchos críticos con el autor esperaban tras el éxito internacional de “Las partículas elementales” (1998). Se trataba de una obra impecable que no hizo sino ahondar en su universo y expandir aún más el conocimiento popular de Houellebecq fuera de Francia. Sin embargo, esta tercera novela tuvo una consecuencia más directa, agitar la bandera de la xenofobia sobre su cabeza. Sabedores de que el argumento de la ficción, que ponía en boca de su protagonista el pensamiento, podía aportar una considerable ventaja al escritor, la acusación terminó basándose en unas torpes declaraciones en la revista Lire, en las que declaró en menos de 140 caracteres, como anticipándose a la generación de los suicidios artísticos en twitter, y con una frontalidad que hace pensar en ‘boutade,:’ “la religión más idiota del mundo es el Islam”. En 2002 fue absuelto del delito de islamofobia por un tribunal, después de vivir otro juicio mediático paralelo en el que uno de sus mayores aliados resultó ser Fernando Arrabal.

 

En 2005 publica en Francia “La posibilidad de una isla” e incluye en ella una frase que parece recordarnos su propia vivencia: “A título personal yo estaba más bien contra la libertad; resulta divertido comprobar que siempre son los adversarios de la libertad los que en algún momento, más la necesitan”. La novela está construida en varios niveles temporales que se alternan en la narrativa. El protagonista de todas ellas es, como siempre en su obra, un hombre, Daniel, que junto a sus clones futuros irá desgranando algo que muy pronto empieza a sonar a ya conocido. En realidad, este Error de casting podría resumirse diciendo que Houellebecq dio aquí con su “Twin Peaks. Fire walk with me” (1992) particular. En la carrera de muchos autores con un estilo muy definido suele existir esa obra en la que el propio creador parece poner en perspectiva toda su carrera a base de la repetición de tics, que hacen sospechar, en algún momento, que en realidad se trata de una burla realizada por alguien externo. Como si de una parodia se tratase, Houellebecq recupera temáticas, construcciones de personajes y modos narrativos para construir una parodia de sí mismo, marcando por el camino, sus propios límites y empequeñeciendo lo logrado hasta ese momento.


Con un ‘alter ego’ al que esta vez no bautiza con su nombre, como había venido haciendo, el autor se mueve torpemente entre los diferentes niveles temporales. Claramente más cómodo en la contemporaneidad a la que juzga, los capítulos del Daniel original son mucho más extensos que los correspondientes a sus clones del futuro. El sexo sigue estando presente, aunque como reseñaba John Upidke en su crítica al libro en New Yorker, no está claro que Houellebecq sea ya capaz de introducir estas constantes escenas sexuales en el flujo narrativo. Sin embargo, su capacidad satírica, de la que había hecho hasta ahora uno de sus rasgos de estilo, se ve resentida. Su humor no es aquí inteligente y roza por momentos el sonrojo, como cuando su protagonista, monologuista de éxito, titula su primer disco de rap ‘Jode a los beduinos’ y le añade como subtítulo ‘Homenaje a Ariel Sharon’ o titula uno de sus espectáculos ‘Mejor con libertinas palestinas’. En cualquier caso, las mujeres, que no son capaces de protagonizar sus novelas, siguen siendo un elemento básico para hacer avanzar la trama y la imposibilidad del amor duradero, al igual que el deterioro físico, uno de sus motores.

Resulta curioso que en la novela se pueda leer No quiero manteneros fuera de este libro; sois, vivos o muertos, lectores”, porque es justo lo que consiguen los capítulos destinados a Daniel 24 y Daniel 25, clones futuros de Daniel 1. Con un tufillo a imitador barato de Bradbury o Ballard, Houellebecq se ve incapaz de dotar de interés unos episodios que plantea como comentarios de la vida de Daniel 1, pero que se revelan ineficaces a la hora de adquirir relevancia por sí mismos. Un plano fanta-científico que termina resultando naif y que es contradictorio por su solemnidad con el intento de satirización de la secta de los Elohim (o los ‘Sanísimos’ como los denomina el protagonista), buscadores de la vida eterna con creencia en los extraterrestres a los que se une Daniel 1 y que no son más que el desarrollo del boceto realizado con los Azraelianos en “Lanzarote” (2000).


El fracaso que supone en la novela este plano hace aún más inexplicable por qué, cuando Houellebecq decidió afrontar, después de un par de cortos y un documental para televisión, la adaptación al cine de su propia obra, borró del guión cualquier trazo de Daniel 1, lo reconvirtió en un nuevo personaje y centró todo el peso de la película en la secta de los Elohim y en los capítulos del futuro. El resultado solo podría definirse como un suicidio artístico. Como después reconocería a Henri-Lévy, en el intercambio de correspondencia recogido en “Enemigos Públicos” (2008), la crítica cinematográfica lo estaba esperando en arenas movedizas para hundirlo. Lo que él no afirma, y nosotros sí, es que tenían razones de sobra para hacerlo, con un material que olvida toda la ligereza crítica y narrativa de Houellebecq para convertirse en una solemne losa que se instala en el más profundo de los ridículos.

En cualquier caso, en una carrera artística es difícil y pretencioso desligar una obra anterior de otra posterior y decidir qué hubiera pasado, si este ‘error de casting’ no hubiera existido.  Por eso lo mejor será que olviden todo lo que han leído, si han llegado hasta aquí, y que se hagan, cuando se publique, con “El mapa y el territorio”. Y, por otro lado, como dice el ‘alter ego’ de Houellebecq en “La posibilidad de una isla”: “Mi carrera no había sido un fracaso, al menos en términos comerciales; si agredes al mundo con suficiente violencia, él te acaba escupiendo su cochina pasta; pero nunca, nunca te devuelven la alegría

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