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Error de casting: 'Ahora es el momento'

Error de casting: 'Ahora es el momento'

De Tom Spanbauer

Publicado el 02.02.12
por Antonio Jesús Luna

“Encuentro la verdad mintiendo sobre ella”, ha dicho Tom Spanbauer en más de una ocasión a propósito de la relación que su literatura mantiene con su propia biografía. Una frase ágil con la que el novelista norteamericano explica cómo convierte en ficción lo que en principio es o fue real;  una cita que, por otra parte, no anda muy lejos de lo que decía Mark Twain cuando, con una buena dosis de ironía, afirmaba que en su vida habían pasado cosas terribles, y que algunas incluso habían sucedido.

Siempre en primera persona, el hilo conductor de los libros de Spanbauer es de algún modo su memoria. Incluso en "El hombre que se enamoró de la luna" (1992), ambientada a finales del siglo XIX, hay destellos que apuntan a su propia vida.  Sin embargo, este autobiografismo se extremó y se convirtió en verdadera materia narrativa en su último  trabajo hasta la fecha, "Ahora es el momento" (2007). Una obra que lo terminó de situar en la esfera internacional y que lo llevó definitivamente a las listas de los más vendidos. De hecho, en España Spanbauer dejó de estar bajo la tutela de la editora Julieta Lionetti para pasar a las filas de Mondadori y su poderosa maquinaria promocional. Pero a pesar de ser una novela a la que no le falta destreza y detrás de la cual encontramos  un gran escritor, a pesar de todo esto, en Ahora es el momento hay una saturación de elementos que cortocircuitan el arranque del libro y que lo paralizan casi hasta la mitad. Una saturación que tiene que ver, por un lado, con la sobreexplotación de unos recursos de estilo muy definidos y, por otro, con la presión que lo autobiográfico ejerce sobre la historia. Pero antes de nada, ¿de dónde viene Tom Spanbauer?

Cuando se editó "El hombre que se enamoró de la luna" (Muchnik Editores) hace ahora veinte años, nadie podía imaginar el impacto que tendría en crítica y lectores. Su autor se daba a conocer en España con el que, en realidad, era su segundo libro: lenguaje lírico y salvaje para una historia visceral, sexual y desmedida. La frase de Antonio Escohotado, “el camino hacia la beatitud empieza con unos genitales bien dispuestos”, podría ser una buena forma de resumirlo. En realidad, es una frase  que define toda la literatura de Spanbauer. Situada en Estados Unidos a finales del XIX cuando el puritanismo mormón va imponiendo su tiranía imparable y uniformadora, la trama de "El hombre que se enamoró de la luna" repasa la  vida de cuatro personajes marcados por el amor, el vértigo y el sexo. Tres adultos y un adolescente: respectivamente, Dellwood Barker, Ida Richelieu, Alma Hatch y Cobertizo. A través de los ojos de este último (un joven chapero que ejerce con hombres y mujeres), Tom Spanbauer cuestionaba las fronteras entre pensamiento, lenguaje y sexualidad.




Un año después, la misma editorial publicaba el que era en realidad su primer trabajo: Lugares remotos; un relato que, en esencia, esbozaba lo que luego sería adimensional y extremo en "El hombre que se enamoró de la luna". Esta vez estamos a mediados de los años 50 en Pocatello, la pequeña ciudad de Idaho donde nació el Spanbauer. De nuevo, mormones, indios y moralidad castrante. En este caso, el protagonista es Jacob Joseph Weber: un crío entre la infancia y la adolescencia, testigo de algunos acontecimientos que determinarán su vida y en los que hay un cruce de feísmo, zoofilia y crueldad perversa.

Con "La ciudad de los cazadores tímidos" (Poliedro, 2002) Spanbauer nos situaba en el Nueva York de principios de los 80. El vaquero William Parker dejaba atrás su vida rural y aterrizaba en la capital de los rascacielos buscándose a sí mismo: fiestas, drogas, amor y sexo en una urbe desolada por el SIDA y por el abandono social de la maquinaria “Reagan”. De algún modo, "La ciudad de los cazadores tímidos" cerraba un círculo estético: el que el propio autor define como escritura peligrosa. O lo que es lo mismo, la escritura como forma de búsqueda  en las zonas más oscuras y dolorosas del recuerdo. Un método de introspección que siempre va acompañado de una estilística basada en la reiteración y en la circularidad expresiva: palabras o frases que a lo largo del libro se repiten a modo de mantra y que dan a la narración no sólo un carácter poético, sino incluso un carácter religioso. En fin, una poética panteísta que con esta novela Spanbauer convertía en canon literario, y tras la que se ven las huellas de Kerouac, Ginsberg, Faulker o Walt Whitman.

"Ahora es el momento". Estamos de nuevo en una granja cerca de Pocatello, el territorio sentimental de Tom Spanbauer. Allí nos encontramos a Rigby John Klusener, un joven de 17 años que abandona la casa familiar, en dirección a San Francisco, para buscarse a sí mismo. El paisaje de la infancia, la vida rural, los compañeros de colegio, el raro de la clase, los maltratos escolares, la primera novia, el descubrimiento de la homosexualidad, la misa de los domingos, el catolicismo invasivo de los padres… y la necesidad de huir y de ser libre. Como Spanbauer ha reconocido, el grado de biografismo de esta novela es de intensidad alta. De hecho, la narración está construida con los mecanismos de una confesión. Un libro que, como el mismo Tom ha dejado claro insistentemente, le sirvió para poner en orden una etapa de su vida donde el enfrentamiento con sus progenitores fue constante. No en vano, su homosexualidad o su vocación de escritor hicieron que perdiera el contacto con ellos durante años. Como dato revelador, mientras escribía  Ahora es el momento se produjo el fallecimiento de su madre. Es decir, estamos ante su creación más emocional, en la que más que la literatura, parece primar la urgencia del autor-narrador por dar sentido a su pasado.

Y tal vez esta exigencia de revisar la memoria y de ajustar cuentas consigo mismo, es lo que llevó a Spanbauer a recrearse en detalles y situaciones de la trama que tal vez fueran  fundamentales para él, pero que en el andamiaje de la ficción carecen de trascendencia. Momentos en la vida del protagonista que a veces quedan reducidos en un fotograma costumbrista sin el vuelo literario al que su autor nos tiene acostumbrados. Hasta la mitad de la historia, todo ocurre de forma excesivamente lineal. E incluso, los recursos de la circularidad y la reiteración, más que dar pulsión poética se convierten en piedras que lastran la lectura. Luego, todo cobra un nuevo músculo, y la historia de Rigby John Klusener consigue lo que se espera de un libro de Spanbauer: un sentido épico de la vida. Pero hay que advertirlo, para llegar a esa segunda mitad, uno tiene que atravesar un páramo argumental que tiene más de literatura domesticada que del hedonismo visceral que practica Tom Spanbauer, ese novelista del que se ha dicho que sólo sabe escribir libros sagrados. 


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Allen Ginsberg, Nueva York, Jack Keruoac

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