Este fuego en la sangre nada lo puede apagar
por David Saavedra
@davidsaavedra
“Yo no espero la pureza del alma, por eso he de derretirte contra el sol/ Yo no espero la sublimidad, por eso me veo obligado a arrastrar mi sonrisa/ y oler, tragar, comerme la tierra”. Son las primeras palabras –en realidad, gritos desesperados- lanzados en ‘Animalia lotsatuen putzua’ (El pozo de los animales avergonzados), cuarto álbum de Lisabö, el primero tras cuatro años de silencio y un trabajo que se sitúa en los límites de la intensidad: 6 temas en 45 minutos cuya violencia física y existencial, su rabia encendida, adquiere unas connotaciones catárticas que superan las ya conseguidas en sus obras anteriores hasta dejarte completamente demolido, extenuado.
Como forma de compromiso estético y vital, el quinteto afincado en Irún se toma su tiempo para hacer las cosas, pero siempre pone toda la carne y el espíritu en el asador aún a riesgo de quedarse calcinados. Dicen que éste ha sido su trabajo más urgente, el menos cerebral, y quizá ahí radique la extrema brutalidad post-core que desprende. Pero a las voces y guitarras gemelas de sus dos cabecillas, Karlos Osinaga yJavier Manterola, las dos baterías también gemelas de Ivan Zabalegi y Eneko Aranzasti, los bajos oscuros y contundentes de Xabier Zabala, hay que añadir siempre la decisiva importancia de su sexto miembro, el escritor Martxel Mariskal –aquí voz también en el tema ‘Ez zaitut somatu iristen’ -y cuyas imágenes poéticas, como de costumbre, dotan de contenido y sentido al álbum. Si en ‘Ezlekuak’ (Bide Huts, 2007), situaba su angustia existencial sobre el concepto de no-lugares, ahora Mariskal llega mucho más lejos en su visceralidad, ardiendo y vibrando, arrancando sus metáforas a dentelladas como un depredador que no puede renegar de su condición y, sin embargo, se sabe desvalido. Como en una pelea o en un coito salvaje, las palabras brotan confusas mezcladas con sangre y trozos de carne, sudor y tierra: la animalidad, la violencia, la inocencia perdida, la desprotección, el deseo, la naturaleza o la necesidad del abrazo del otro se entremezclan sin tregua ni descanso, en un estado de combustión vital al borde de lo demente.
Y la banda crea el perfecto reflejo para esos textos con un sonido que, no obstante, juega con las tensiones y las dinámicas, acolcha los momentos de mayor fruición eléctrica con algunos pequeños respiros en los que se queda una voz sola o una batería hasta que el estruendo vuelve a noquear. La pérdida de la chelista
Maite Arroitajauregi (
Mursego) se traduce en una mayor crudeza sonora, con percusiones más secas y brutales, guitarras como alaridos y un bajo que, por momentos (
‘Gordintasunaren otordu luzea’), parecen robárselo a los
Massive Attack de
‘Mezzanine’ y golpearlo repetidamente y con virulencia contra una pared. Brotando de entre tantas palabras como hostias, entre lo que puede parecer un nihilismo desaforado (“Al espectáculo de hoy le gotea sangre de los ojos”, gritan en
‘Ezereza mugak’), pequeños relámpagos líricos que iluminan y revitalizan: “La vida es tan hermosa como amarga”. “Quien está vivo nunca se curará”. “Echémonos en la pista de aterrizaje del aeropuerto, desnudos, sin intención alguna”. “Habrá que reinventar el amor”. “Comienza, levántate, y crea”. Por todo ello, estamos ante un álbum deslumbrante, liberador y absolutamente necesario en los tiempos que corren: una impactante obra maestra a nivel internacional.
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