FIB 2016
The Knick

The Knick

9.0
Publicado el 23.12.15

Esto es todo lo que somos

Para hablar de la segunda temporada de “The Knick” hay que ir al tajo y ahorrarnos todos los parabienes con respecto a la puesta en escena disruptiva y valiente de Steven Soderbergh y dejar también de lado la fascinación por el universo de la medicina finisecular. Primero porque en estos nuevos diez episodios tanto el cineasta reconvertido a director televisivo y el tándem guionista formado por Jack Amiel y Michael Begler son claros y meridianos con su propósito de conducir la serie hacia lugares ciertamente oscuros. “Esto es todo lo que somos” dirá el cirujano John Thackery (Clive Owen) en el grand finale de la temporada. Esto es, en efecto, todo lo que son: un cúmulo de cadáveres abiertos y exteriorizados, conscientes por fin de la verdad interior de su enfermedad.

Sin ánimo de fastidiar a los espectadores que no hayan llegado todavía al último capítulo, estamos ante un final que consigue que el engranaje de las diferentes subtramas converja en uno solo momento y todo cobre sentido. Para empezar porque en la segunda temporada los personajes se presentan mucho más aislados en sus universos propios que en la anterior. Aquí nos introducimos en las vidas fuera del hospital de los protagonistas, diría que casi nos ahogamos en ellas, y el hospital queda en un segundo plano dramático. No es que “The Knick” no insista en mostrar en cada episodio un caso clínico histórico, pero ahora la serie se centra en enseñarnos la claustrofobia vital y la aridez emocional de las criaturas que trabajan salvando vidas en el pionero centro neoyorquino. Sus arcos temporales están más y mejor trabajados y ofrecen matices inesperados, ya sean mediante giros enternecedores (Thackery, Cleary) o ahondando en los pozos de desgracia y terror de sus existencias (Cornelia, Gallinger).

Que no teman los aficionados al bisturí porque en el segundo round de “The Knick” hay sangre. Pero, y de nuevo, el show de la cirugía decimonónica también se representa de manera ligeramente distinta a la anterior temporada, en la que cada una de las intervenciones tomaba un aliento más o menos solemne, casi de clase magistral. En la segunda, los artífices de la serie apuestan por una espectacularización mayor de las operaciones, de secuencias más cortas, como su fueran cápsulas, pero más sanguinolentas y que, sí, muestran, muestran mucho. ¿Ejemplos? Cuerpos seccionados de par en par en la sala forense, trepanaciones en vivo o manos hurgando en abdómenes.

A diferencia, asimismo, de la temporada previa, Soderbergh se arriesga aún más con la planificación de las escenas y encontramos virguerías como el majestuoso plano secuencia del capítulo 7, “Williams and Walker”, que sigue a las parejas formadas por Edwards (y acompañante) y Bertie junto a su cita entrando en una sala de baile para recular y fijarse en Barrow y Captain Robertson, girar otra vez hacia el matrimonio de Cornelia y Henry y rotar una cuarta vez para regresar al punto de partida y enseñarnos  cómo aparecen en el evento Henry Robertson (Charles Aitken) y Lucy (Eve Hewson), la pareja de la temporada. Puro músculo. Merecen ser reseñados también en estas líneas los planos que juegan al desenfoque o los cuadros vacíos como recursos plásticos recurrentes, sobre todo cuando seguimos a Thackery, en la apuesta estética de Soderbergh, y que rompen con la composición habitual del plano en el medio televisivo. Un bonito ejemplo lo encontramos en el tramo final del capítulo que inaugura la temporada, “Ten Knots”, una sucesión de fragmentos abstractos que desembocan con un barco a la deriva en un mar de un azul inquietante.

Pero, todo sea dicho, nada como su brutal final. Hace algo más de un año “The Knick” nos dejaba colgados en un doloroso hiato, en un espacio suspendido similar a ese largo sueño de heroína en el que estaba sumido Thackery, y ahora, sin embargo, faltan las palabras para hablar del cliffhanger del último episodio. Es algo carnicero, abrupto por insospechado, pero define a la perfección el espíritu radical de la serie. Si la mirada del médico, la que disecciona, es al mismo tiempo la mirada que construye, en palabras del filósofo Michel Foucault en su indispensable “El nacimiento de la clínica”, en estos diez capítulos encontramos a un Thackery que se atreve a revertir esa máxima haciendo que esa mirada clínica no sólo deje de diagnosticar, es decir, deje de construir discursos médicos, sino que destruya. Lo destruya todo. O casi, porque ya se ha firmado por una tercera temporada. 

 

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