FIB 2016
Horace and Pete

Horace and Pete

7.5
Publicado el 03.02.16

La comedia sin comedia

En un mundo en el que el anuncio de la imagen del teaser del tráiler es carne de artículos, tuits y alboroto general meses antes de cualquier estreno, Louis C.K. ha soltado por sorpresa su nueva obra, demostrando una vez más que ni está para estos trotes modernos ni le interesan lo más mínimo.

Louis C.K. está, afortunadamente, a otras cosas. Entre ellas, a sacar el máximo provecho al hecho de que, entre todos, le hayamos dado la libertad absoluta de hacer lo que le dé la real gana.  Puede que viendo ‘Horace and Pete’, su nueva serie auto producida, más de uno se sienta defraudado esperando encontrar en ella una risas que no están, pero si algo ha demostrado el cómico neoyorkino con esta nueva aventura, es que dejarle crear a sus anchas puede ser fácilmente una de las mejores inversiones de futuro que hayamos hecho como espectadores.

‘Horace and Pete’ es una sorpresa y una incógnita (no sabemos cuántos capítulos tendrá en total ni cuándo podremos verlos), pero por encima de todo es un experimento, una vivisección (casi) en vivo y en directo de los cuadriculados formatos televisivos. Esta es una aventura extraña e incómoda que defraudará a aquellos incapaces de disociar a C.K. de la comedia y que no puedan (o quieran) amoldarse a este giro dramático, intenso y oscuro.

A primera vista, el episodio presentación de la serie muestra la historia de dos hermanos, Horace (el propio C.K.) y Pete (Steve Buscemi) que, junto con su tío (Alan Alda) regentan un bar centenario, meta de desamparados y algún que otro hipster desubicado. Es decir, la amalgama perfecta para que Louis se recree en sus temas favoritos: la brecha generacional, la difícil -casi imposible- posibilidad de consenso entre partes enfrentadas, nuestra dependencia tecnológica, y lazos familiares más enrevesados que los cables de nuestro auriculares.

Pero en el fondo, por muy complicado que sea lo que se nos cuenta, ¿es más duro que la narrativa que se escondiera entre las risas de cualquier comedia de situación? La respuesta es: no. En ‘Cheers’ su protagonista batallaba, detrás de la barra, con una complicada adicción al alcohol, y sus parroquianos eran a todas luces infelices (en sus trabajos, con sus familias…). No es esta una historia más dura que la del bar donde todos se sabían nuestro nombre. Solo nos lo parece. Y nos lo parece porque, y aquí está lo verdaderamente maravilloso de este experimento, por primera vez en nuestras pantallas, C. K. ha decidido retirar los chistes de las comedia televisiva y desnudarla completamente. Por primera vez, no sólo ha renunciado a esconder las costuras de las miserias de sus protagonistas, sino que nos muestra, orgulloso, la otra cara del tejido, la del batiburrillo de hilos y las puntadas visibles.

Muchos han dicho, y dirán, que esto es teatro. Y se equivocarán. Porque si ‘Horace and Pete’ es teatro, entonces también lo es toda comedia grabada en formato multicámara de la historia. No, lo que ha hecho Louis C. K. no es teatro. Es más, puede ser la forma más primitiva y honesta de televisión que hayamos visto en mucho tiempo. Un bicho raro al que cuesta acostumbrarse pero que atrapa a pesar de todo. Como cuando en su momento viéramos ‘Dogville’ y llegado un punto lo artificial de sus ausencias desapareciera completamente para dejar solo la historia. 

Como todo experimento, ‘Horace and Pete’ no está libre de faltas, pero es difícil, con un solo capítulo, adivinar cuántas de estas supuestas faltas responden a un deseo autoral premeditado (los silencios demasiado largos, los errores de encuadre y enfoque, los titubeos con algún diálogo) y cuantas se deberían quedar fuera de esa voluntad (el personaje del tio Pete que Alda, absolutamente brillante, humaniza tanto que parece querer darle cierta razón en sus discursos trasnochados).

Definitivamente, queremos ver más. La pregunta es, ¿podremos ver más?

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