FIB 2016
Fargo

Fargo

6.5
Publicado el 15.12.15

Imágenes que pueden con casi todo.

Hank (dado a la vida gracias a Ted Danson) es, en la segunda temporada de 'Fargo', un hombre de familia que no por más títulos (padre, abuelo, suegro), parece estar menos solo.  Desde su lado de la ley, se presenta como un simple hombre, un hombre tranquilo que, rodeado de muerte y destrucción, transita por sus tramas con cierta parsimonia, sin grandilocuencia ni pirotecnias. Hank pareciera a todas luces ese hombre que pasaba (y pensaba) por ahí. Y sin embargo, suyos completamente son los últimos momentos de esta entrega.  Como si durante toda esta temporada hubiera sido él, y no otros, el centro de la historia.

No es hasta que termina su discurso sobre el lenguaje y nuestra capacidad para comunicarnos que uno entiende por qué de entre todos los personajes es el suyo el que ondea la bandera de Fargo antes de decir adiós.  Después de todo, en esos minutos finales, Hank está encauzando todo lo que ha hecho y hace grande estas aventuras televisivas del universo creado por los Coen: la mirada serena frente al horror que a veces creamos los humanos, y la obsesión por contar lo incontable, por comunicarlo todo a través de las imágenes.  

Cuando su nieta dibuja un corazón, explica Hank, está claro de qué hablamos: de amor. Y ese corazón vale más que cualquier palabra que trate de encapsular su significado. De esto sabe mucho Noah Hawley -creador de la serie-, que  lleva ya dos temporadas convirtiendo nuestras pantallas, sean del formato y tamaño que sean, en una experiencia cinematográfica exquisita con muy poca competencia en su medio. Lo que hace Fargo, capítulo tras capítulo, con su realización y su fotografía, sigue siendo en sí mismo una prueba irrefutable de que los límites de lo que podemos hacer en televisión, aún están por avistar. Y de que la imagen es un arma extremadamente poderosa.  Aunque, lamentablemente, no todopoderosa.

Porque en televisión, al fin y al cabo, hay algo que es absolutamente necesario para cautivarnos, más allá de filigranas visuales indudablemente maravillosas, y esos son los personajes. Sus historias y devenires.  Y allá donde Lorne Malvo, Lester y Molly nos sedujeron completamente semana tras semanas hace un año, éste no podemos decir lo mismo de Peggy, Ed y compañía. Sí, sus historias han sido correctas, interesantes por momentos, pero han carecido del magnetismo suficiente como para que nos tuvieran en vilo, o nos importaran a nivel emocional sus acciones o consecuencias.

Esto ha conseguido barnizar de cierto nivel de apatía el visionado de una serie que, sin haber perdido en ningún momento el sello de imprescindible, sí  se ha ganado una leve amonestación: un par de meses (los que transcurran hasta su vuelta) para dar con la clave para que, cuando hablemos de ella con el lenguaje de Hank, pasemos de dibujar una estrella, a un corazón.

COMENTARIOS
Tu nota: ( opcional )  
   
 
Numerocero ©. 2011-2017