FIB 2016
Oneohtrix Point Never

Oneohtrix Point Never

Warp, 2015
8.9
Publicado el 10.11.15

Tal y como de alguna manera su participación en la banda sonora de ‘The Bling Ring’ de Sofia Coppola influenció bastante ‘R Plus Seven’, su debut en Warp, para que se decantase por un sonido más pop (lo que él entiende por pop, claro), este ‘Garden Of Delete’ es fruto de su experiencia al girar con Nine Inch Nails y Soundgarden. Todo esto es azaroso, porque si no fuese por la cancelación de Death Grips quizá nunca hubiésemos tenido un álbum de este tipo. Pero el caso es que Oneohtrix Point Never era otro adolescente norteamericano que a finales de los 90 creció con lo que fue la resaca del grunge, bandas de rock y metal alternativo como las que teloneó. Porque como casi todo chaval, Daniel Lopatin hizo la transición de la obsesión de las guitarras y esa angustia existencial teen a la electrónica que ha venido practicando en la última década.

La crítica de ‘Garden Of Delete’, que también se lee ‘GOD’, podría abordarse de muchas maneras, ponerse muy teórico y pedante hablando del trasfondo, del proceso de creación y promoción del álbum que, por cierto, deja en ridículo cualquier campaña agotadora que se os ocurra, desde Daft Punk hasta Arcade Fire pasando por Disclosure. Él ha jugado con la carta del misterio y con la originalidad, algo que también se transmite en su música y, en este sentido, toda la promo del disco conecta con la que hicieron hace dos años Boards of Canada en su retorno tras una década de barbecho. No es la primera vez que se les relaciona, hace tiempo que tenemos asumido que Lopatin es el gran exponente de la electrónica contemporánea. Como decíamos, en agosto, el americano colgó una serie de posts en su web y una carta en PDF críptica en la que había una entrevista con Ezra, un alienígena que es, en cierto sentido, un avatar creado por el productor que está detrás de estos temas. También se hablaba de una banda ficticia de los 90 llamada Kaoss Edge que practica hypergrunge, etiqueta que cachondamente utiliza OPN para describir este nuevo sonido. El LP, al igual que bebe de estos sonidos, también lo hace del pop actual y, como decíamos en el primer párrafo, lo que él debe entender como música popular contemporánea, que en su país es la EDM.

En muchos fragmentos de ‘Garden Of Delete’ Lopatin coquetea con todos los clichés de la EDM, algo que muchos aplaudirán por saber apropiarse del género de una manera tan original (y personal) , aunque ya le han salido haters. En temas como la monumental ‘Mutant Standard’ OPN ofrece ocho minutos de locura esquizoide que es como subirse a una montaña rusa iluminada por luces multicolor, como una de las atracciones de festivales como Electric Daisy o Tomorrowland. Hay unos acelerones de vértigo, esas voces que tanto le gustan a Skrillex, trazos de trance en las melodías… En este sentido, pues, el álbum es un nuevo paso adelante para el productor. Cuando el lenguaje retrofuturista de Oneohtrix Point Never ya se había asentado, primero con ‘Replica’, más abstracto, y luego con ‘R Plus Seven’, más conciso, ahora entrega algo completamente diferente y también más accesible. Lo que no quiere decir que cada escucha no esté plagada de recompensas, que los sonidos con los que te topes vayan del pasmo al júbilo. Ha estirado el foco hasta convertirlo en panorámico. Al introducir las guitarras ha conseguido amplificar su discurso. Sí, sigue ahí esa obsesión por los sonidos encontrados inquietantes (por ejemplo, el que utiliza en ‘Child Of Rage’ de una niña que abusa de su hermano mayor), los sintes palpitantes, los pasajes instrumentales new age que tanto nos fascinaron de su obra anterior, pero ahora trasciende en un maravilloso caos, como el que forman las líneas cruzadas sin orden de la portada.

Lo que más choca de ‘Garden Of Delete’ es que quieras ponértelo compulsivamente una y otra vez a pesar de ser explícitamente denso y a veces indescifrable. Se mezclan las melodías y voces de fantasía propias de la EDM y arpegios de sintetizador de compañeros de sello como Hudson Mohawke con asaltos violentos a base de glitches, subidas de pitch salvajes y disonancias terroristas. Volviendo a la metáfora de la montaña rusa el álbum ofrece exactamente eso, una atracción aceleradísima que aúna dos conceptos aparentemente antagónicos: la diversión y el miedo.  

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