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Error de casting: Primal Scream

Error de casting: Primal Scream

Publicado el 07.07.11
por David Saavedra
@davidsaavedra
Hasta las trayectorias más ilustres tienen resbalones. En "Error de casting" los recuperamos y los ponemos en contexto.
No entendí “Screamadelica” en el momento en que salió. Tampoco me interesaba Primal Scream, un grupo que, tras sus dos primeros discos, no era para mí más que el egotrip de un ex batería de The Jesus & Mary Chain. No es que mis oídos estuviesen menos abiertos a la nueva movida rave que surgía en Inglaterra tras la explosión acid house. A finales de los 80, de hecho, la subcultura del smiley se coló en España de forma tan absolutamente invasiva que rápidamente fue asimilada por el gran público. Desde Technotronic a los New Order de “Technique” hasta llegar a The KLF o Inner City, aquella era la música que arrasaba en las listas, allá y aquí. Hoy en día se asume que “Screamadelica” fue el disco que llevó a los rockeros a las raves y viceversa, pero no es exactamente así. Desde dos años antes, con la eclosión de The Stone Roses y Happy Mondays, el Sonido Madchester era tendencia mundial, ya había abierto las nuevas puertas de la percepción en la cultura pop masiva. El tercer álbum de Primal Scream, en realidad, surgió a su rebufo y no era tan hedonista como aparenta. Ese aspecto es especialmente evidente en los textos (“Loaded”, “Come Toghether”, “Movin’ On Up”, “Don’t Fight It, Feel It”), pero las canciones eran largas y lentas, no especialmente accesibles salvo que uno hiciese, precisamente, el esfuerzo de dejarse llevar, de querer entrar y sentirlo. 

Mala resaca

A Bobby Gillespie, líder del entonces trío (lo completaban Andrew Innes y Robert Young) le atribuyen declaraciones del tipo “no hay una mala canción si no hay una mala pastilla”, y “‘Screamadelica’ muestra la buena calidad del éxtasis en aquellos años”, pero su poder de enganche se reduce con el tiempo y con la sobriedad. Siempre me sorprendió el consenso que ese álbum generó a nivel de crítica, considerado casi unánimemente como una de las grandes obras maestras de los 90. A base de leer y leer las encendidas críticas, casi consiguieron convencerme a nivel teórico, pero la escucha del disco no dejaba de resultarme aburrida. Quedaba la prueba definitiva: verlo en directo, oportunidad que se produjo con la gira de homenaje que se inició el año pasado en la sala La Riviera. Funcionó: en el fragor de la masa, rodeado de amigos y ligeramente ebrio, escuchar esas canciones se convirtió en una experiencia colectiva exultante, especialmente con la culminación de “Come Together”, “Loaded” y “Higher Than The Sun”. Incluso me compré la camiseta, con la inolvidable portada de Paul Cannell, uno de los indiscutibles iconos del pop de fin de siglo. Pero también me di cuenta de que todo aquello era nostalgia, que “Screamadelica” te daba las armas pero, ante todo, tú eras el que tenía que poner de su parte. No era más que un espejismo.




No hay gloria para el productor

1991 fue un año bisagra, un flipante cruce de caminos: en Inglaterra, Massive Attack debutó con “Blue Lines”, piedra fundacional del trip hop. My Bloody Valentine entregó “Loveless” y marcó un antes y un después en la concepción del pop envuelto en ruido. En EE UU, Nirvana rompió con “Nevermind” y la última gran revolución del rock, mientras que R.E.M., tras una década de trayectoria, reventaba las listas con “Out Of Time”. En ese convulso momento, “Screamadelica” no deja de ser un fenómeno aislado y no tan visionario como puede parecer. Casi todo su mérito se atribuye a la banda y no al productor, Andrew Weatherall (junto a otros que intervinieron menos, como The Orb), que era quien realmente estaba ya utilizando esos sonidos en esa época: el house triposo mezclado con dub, sampladelia y algo de gospel. Primal Scream, en realidad, dejaron que el estilo de producción de Weatherall penetrase en lo que a ellos más les gustaba: el rock stoniano o la psicodelia añeja de grupos como The 13th Floor Elevators, a quienes versionaban aquí en “Slip Inside This House”. Hay incluso un punto horterón en este intento de pasar por el tamiz rave-chill composiciones de rock que en aquel momento se podían considerar como rancias. Y, que, si uno no compartía con ellos la erudición pop que llevase a disfrutar de las diferentes referencias esgrimidas en los samples, parecía que le dejaba fuera del club. Algo contradictorio con el mantra repetido hasta la saciedad en “Come Together”.

Sobrevalorados, infravalorados y mutantes

A lo que voy entonces, es a lo siguiente. ¿Es realmente “Screamadelica” un error de cásting en la trayectoria de Primal Scream, un tropezón en una carrera inmaculada? Evidentemente, no. Se acerca más a lo contrario, pero es un álbum sobrevalorado y una obra de la que abría que discutir sobre la autoría de las mejores ideas. Sus mayores logros están en la producción y, de hecho, si se comparan trayectorias, Andrew Weatherall siguió explorando esos terrenos tanto en sus proyectos personales como en los trabajos para otros grupos, mientras que Primal Scream se despojaron de toda la artillería electrónica y se quedaron en el esqueleto del rock más topicón en el sí verdaderamente fallido “Give Out But Don’t Give Up” (1994). ¿Por qué suponer que los verdaderos Primal eran los de “Screamadelica” y no los de este trabajo, a cuyas líneas maestras aún regresarían una vez más con “Riot City Blues” (2006)?

En realidad, estamos hablando de una banda mutante y poliédrica, capaz de mirar hacia muchos terrenos diferentes, pero, en mi opinión, los discos con los que alcanzan mayores cotas de excelencia y que mejor aguantan el paso del tiempo son “Vanishing Point” (1997), “Xtrmntr” (2000) y el infravalorado “Evil Heat” (2002), en los que, paradójicamente, formaban parte de la banda Kevin Shields, de My Bloody Valentine, y Mani, de The Stone Roses. En su 20 aniversario, “Screamadelica” carece de ese aliento revolucionario, esa pegada, ese furor. Suena a reliquia del pasado, a pieza de museo y recuerdo nostálgico de una era que a muchos os la contaron, otros la vivimos de un modo algo diferente, y los que mejor la vivieron no la recuerdan demasiado bien. Los conciertos de “Screamadelica” se han convertido en una excusa para que cada uno de nosotros reinventásemos, creásemos nuestro propio 1991 imaginario. Pero el disco ha envejecido fatal.




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Kevin Shields, New order, The KLF, The Orb, Andrew Weatherall

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