FIB 2016
La casa de hojas

La casa de hojas

Ed. Alpha Decay / Pálido Fuego, Trad. Javier Calvo, 736 páginas.
9.5
Publicado el 04.11.13

Basta con echar un vistazo rápido a las páginas de 'La casa de hojas' para constatar la dificultad para publicarlo, así que no es de extrañar que meses antes de su llegada a nuestras estanterías su edición en castellano fuera un acontecimiento. A eso hay que sumarle un merecido estatus de culto gracias no sólo a la forma, sino también al fondo, ya que estamos ante una novela que admite varias lecturas: la de Zampanò, el narrador que reconstruye una película desaparecida (tal vez inexistente) que documenta el paso de la familia Navidson por una misteriosa casa; la de Truant, que añade al manuscrito anotaciones autobiográficas, la del editor que publica la versión anotada de Truant y por supuesto, la de los Navidson, una familia que ve cómo su vida se transforma radicalmente al mudarse a una casa que se encoge, se estira y cambia de forma aleatoria.

Con la coartada de novela de terror y de una casa mutante, Mark Z. Danielewski no sólo explora los límites de la narrativa tradicional (es imposible no pensar en los poemas visuales de Apollinaire o en 'El proyecto de la bruja de Blair'), sino que además juega con un miedo mucho más real y tangible, esa zona oscura que el ser humano no se atreve a explorar, independientemente de la forma que revista (un recuerdo en el caso de Navidson, un trauma infantil en el de su esposa y una soledad encubierta en el de Truant). Es la forma de enfrentarse a los miedos propios el que determina la relación de los personajes con la casa y, en última instancia, la del lector con la novela, que como los protagonistas, se ve perdido, a veces incluso en sentido literal, gracias al uso de todo tipo de elementos tipográficos y a una estructura que se asemeja a una caja china.

En una lectura superficial, 'La casa de hojas' funciona como historia de terror al uso, con la clásica familia aparentemente modélica que se muda a una casa encantada y unos personajes secundarios (Zampanò, Truant) que enloquecen en cuanto entran en contacto con la historia de los Navidson. Pero Danielewski va mucho más allá y enreda al lector en un desafío camuflado de juego que le lleva a cuestionarse las apariencias, la relación con la muerte (la casa es también un trasunto de tánatos) y las versiones oficiales con respecto a cualquier cosa: porque esa casa no es sólo un espacio físico, sino ante todo, un estado mental.

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