FIB 2016
Oscuro calor

Oscuro calor

Publicado el 27.07.15
por Julio C. Santamaría

Llevamos semanas inmersos, como viene siendo costumbre desde hace años muchos años, en una vorágine publicitaria y mediática de la exaltación del verano y sus virtudes. No hay estación del año más publicitada que esta, aunque es verdad que el mundo del marketing sabe desde hace tiempo sacar el perfil bueno hasta de los peores días del año climatológicamente hablando. No nos sorprende nada el ímpetu con el que, por ejemplo, las marcas cerveceras nos recuerdan que en estos meses todo será fiesta, playa y alegría. Se nos dice incluso que estamos ante  la oportunidad perfecta para la reinvención personal, física y psicológica, o para la búsqueda del amor. A todo esto se sumó hace años la invasión de las pantallas por un formato televisivo que consiste en ir recorriendo el mundo a la búsqueda de diferentes maneras de disfrutar del verano. En realidad las diferencias son pocas, la más destacable, que en el hemisferio sur el verano comienza en diciembre, por los demás todo igual: bares, chiringuitos, playas y últimamente el fenómeno festivalero, algo imprescindible para muchos.

Vamos a hacer uso de una excusa astrológica y, ya que el verano comenzó oficialmente el 21 de junio bajo el signo de géminis, el mutable, el de la doble cara, fijémonos en el reverso oscuro de la estación estival. Hablemos del calor, de ese calor que, tanto en el cine como en la literatura, se ha convertido no solo en el marco sino también en el protagonista de historias poco alegres, nada acordes con la visión amable de estos meses a la que hacíamos referencia.

Hace ya unos años en la Sala Triángulo de Madrid, uno de los estandartes del teatro independiente de la ciudad, representaron 'Delito en la isla de las cabras', una obra del italiano Ugo Betti, estrenada en 1946 en Italia y que a España llego de la mano del reputado José Luis Alonso en 1954. Tres mujeres, Ágata, viuda, su hija y su cuñada viven aisladas en medio de un páramo desértico. Un día reciben la visita de Ángel, un desconocido que dice ser amigo del difunto marido de Ágata. La presencia de Ángel acabará envenenado la convivencia de las tres mujeres y la tragedia será inevitable.  La puesta en escena remarcaba con gran acierto una de las constantes de la obra, la referenciaal sofocante calor del páramo, calor  que acababa convirtiéndose en la mejor metáfora y en el envoltorio de la asfixia interior de unos personajes que veían como se acercaban a un abismo sentimental sin poder o sin querer remediarlo. Los lamentos por la temperatura asfixiante, la reiterada necesidad de beber como bálsamo inútil, se trasladaba unos espectadores que salíamos de la sala con el impulso de engullir cualquier bebida que nos permitiese saciar una sed inducida y que nos calmase la angustia que nos provocaba lo visto minutos antes.

Cualquiera que haya visto alguna vez la oscarizada 'En el calor de la noche' de Norman Jewison (1967), recordará los rostros sudorosos de Sidney Potier y Rod Steiger, antagonistas y colaboradores forzosos en la investigación de un crimen en el sur estadounidense. Las noches calurosas eran el amparo del crimen, pero sobre todo del racismo que imperaba a sus anchas en la denominada América profunda. La película, basada en una novela de John Ball, descatalogada en España, pero que fue publicada hace décadas por una editorial española, plasmaba con acierto ese clima de tensa calma de las noches de verano donde el desvelo solo es el prolegómeno de la locura. Locura que puede llegar a ser colectiva como en el caso de otra genial película, 'La jauría humana', dirigida por Arthur Penn en 1966, un despiadado retrato de una América sumida en una ruina moral. Los conflictos raciales, las desigualdades económicas, la corrupción y la tensión política, con magnicidios presidenciales incluidos, marcaron una década convulsa que los artífices del film reflejaron en el microclima de una ciudad provinciana de Texas. La llegada  de un preso fugado sirve como detonante para que estallen las frustraciones y las rencillas de los habitantes del lugar. Un relato descarnado y devastador  donde los protagonistas son incapaces de contener unas pasiones fruto del resentimiento y la amargura y los hacen asumir el papel de cazadores sin piedad a la búsqueda del chivo expiatorio, el fugitivo interpretado por Robert Redford. Solo el sheriff local, Marlon Brando, mantendrá la cordura y sufrirá por ello las iras ciudadanas en las cálidas noches tejanas.

Si hay una novela que sea un referente a la hora de relacionar el estío con el drama, con el pesimismo o con el desasosiego, esa es sin duda 'Luz de Agosto' (1932), de William Faulkner, autor por otra parte de los relatos que dieron forma a otra de las imprescindibles películas sobre el estío, 'El largo y cálido verano' dirigida por  Martin Ritt en 1958 con Paul Newman, Joanne Woodward y Orson Welles. 'Luz de agosto', un magistral retrato sobre la intolerancia y la violencia, es una novela colectiva que, en palabras del propio Faulkner, se desarrolla en un ambiente pagano, caluroso, clásico, en ese profundo sur que parece ser el marco ideal para un tipo de tragedia donde siempre estaban presentes los problemas raciales. Es la representación de un tradicionalismo que se convierte en un elemento de opresión y discriminación.

No nos podemos olvidar dos obras de teatro, ambas con adaptación a la gran pantalla, que abordan las relaciones y los conflictos familiares en el ambiente del hogar, relaciones que elevan más si cabe la temperatura del termómetro. La primera es la conocidísima obra de Tennesse Williams, 'La gata sobre el tejado de zinc', estrenada en 1955 por Elia Kazan y ganadora del Pulitzer. Imposible olvidar esos diálogos encendidos, acusadores, suplicantes, apasionados entre Paul Newman y Elisabeth Taylor en la adaptación de Richard Brooks de 1958. La segunda es la más reciente 'Agosto', de Tracy Letts, estrenada en 2007, y también ganadora del Pulitzer. En España se estrenó dirigida por Mario Gas con Amparo Baró y Carmen Machi, pero sin duda la versión cinematográfica con Julia Roberts y Meryl Streep encabezando un reparto estelar la ha situado como una obra de referencia contemporánea.

Saltando el océano encontramos 'Al faro' (1927) de Virginia Woolf, la historia de dos días de verano separados por diez años. La visita a la residencia de verano de la familia Ramsey, es terreno para la introspección y para una reflexión sobre las relaciones familiares. El estilo poético y el monólogo interior evitan al lector caer en certezas y dan lugar a construcción subjetiva de la personalidad de sus protagonistas. Puede que en este caso no nos encontremos con el calor exterior, pero sí con esa pausa para la reflexión existencial de las vidas que supone el tiempo de ocio, ese que permite enfrentarnos sin distracciones a fantasmas interiores.

La venganza de Juan Antonio Bardem (1958) fue la primera película española nominada a los Oscar de Hollywood, una revisitación del Romeo y Julieta de Shakespeare. En la España rural de los cincuenta, el enfrentamiento entre dos familias, que bien podían representar las dos Españas, ha llegado a un punto sin salida. La acción se desarrolla durante el periodo estival, en la recolección del trigo. Los protagonistas formaban parte de una cuadrilla de cosechadores que recorrían la seca meseta castellana ofreciéndose para la siega y entre ellos miembros de las dos familias rivales enfrentadas. La disyuntiva entre la venganza o el amor como redención planea sobre los protagonistas, Carmen Sevilla, Jorge Mistral y Ralf Vallone.

La novela negra también se abona al marco estival, y como ejemplo reciente y cercano geográficamente, 'El veranos de los juguetes muertos' (2011) del barcelonés Toni Hill. La ciudad condal en sus meses de estío es el escenario para la primera de las investigaciones del detective Héctor Salgado, la muerte aparentemente accidental de un joven la noche de San Juan.  Ante el fervor por la negrura escandinava, la trilogía de Hill es un buen ejemplo de esa camuflada negrura mediterránea, la confirmación de que en el azul del Mediterráneo también se reflejan las oscuras pasiones.

Y no podía faltar la infancia. Es casi una norma que, a la hora de la rememoración narrativa de nuestro pasado, el verano será la estación que más material aporte.  Páginas y páginas de novelas se llenan de anécdotas vacacionales, de descubrimientos del primer amor y de la decepción posterior. Pero no resulta tan normal cuando esos días de infancia los dedicas a descubrir que el niño secuestrado que encuentras en una casa abandonada, tiene mucho que ver con tu familia, con el secretismo y mentira que impera en un ambiente rural y hostil y por supuesto caluroso. Este encuentro implacable con el mal a la edad de nueve años es lo que nos plantea Niccolò Ammaniti en su novela' No tengo miedo' (2011).

El verano está aquí para disfrutarlo, nos lo merecemos, pero no olvidemos, todo tiene su lado oscuro.

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