FIB 2016
Error de casting: 'El amor dura tres años'

Error de casting: 'El amor dura tres años'

De Frédéric Beigbeder

Publicado el 14.03.12
Marc Marronier soy (por desgracia) yo
por Elena Medel
@MedelElena

Al preguntársele por el modelo que inspiró a su más célebre personaje, Gustave Flaubert respondía que “Madame Bovary soy yo”. Esta cita, tan gastada cuando aludimos a la implicación enfermiza del creador en su obra, se libera de rastros de metáfora en el caso de Frédéric Beigbeder. Beigbeder es Octave Parango, el excesivo publicista de ‘13’99’ y ‘Socorro, perdón’, y es Marc Marronier, el ocioso donjuán de ‘El amor dura tres años’, pero no por las horas de escritura y corrección frente al ordenador, sino porque las peripecias de uno y otro emulan a las suyas, nacen de su vida. Frédéric Beigbeder es ellos. Y también él mismo, aunque de otra forma.

Acercarse a la obra de según qué creadores implica establecer un pacto: si te incomoda la violencia no te acerques a Haneke, si no soportas la política no escojas a Gopegui. Beigbeder presenta buenas ideas que arruina él mismo, no por sus decisiones, sino por su presencia. Su insistencia en epatar, su empeño en construir un personaje —en la onda de su amigo Houellebecq, pero sin sus mimbres ni su brillantez—, desvía la atención hasta que nos preguntamos si Beigbeder escribe porque disfruta contando historias, o si su objetivo reside en conceder entrevistas, posar ante la cámara y brindar por sus éxitos. La balanza se inclinaría hacia la segunda opción, sospecho, si no hubiese escrito dos libros de enorme y raro interés: ‘Windows on the World’ y ‘Una novela francesa’. Más redondo el primero, con más altos momentos —y más bajos— el segundo, ambos poseen atisbos de talento verdadero, con momentos de emoción e intensidad; ambos nos obligan, en resumen, a preguntarnos qué falla en los demás y —sobre todo— en el insoportable ‘El amor dura tres años’.

¿Qué falla?

No la idea, sino el planteamiento. Y la actitud: ante la historia, ante el lector. El respeto.

Ese juego de paralelismos entre vida y ficción, por regresar al “Marronier c’est moi’ como semilla de ‘El amor dura tres años’, no se descubre como patrimonio de Beigbeder; tampoco la autobiografía como materia prima de la literatura. Sin embargo, no ser un personaje histórico de referencia, o incluso siéndolo, tu vida íntima no se diferencia en exceso de la del lector. La clave está en la lectura que elijas. Fijémonos en un modelo cercano al que nos ocupa: el de la narradora francesa Annie Ernaux. Su vida es el imán de su obra: el recurso que atrae a las historias. En ‘El lugar’, Ernaux no nos habla sobre la muerte de su padre, sino acerca del choque entre dos generaciones de franceses —la de su padre, humilde y campesina, y la de ella misma, burguesa e intelectual—, y ‘Pura pasión’ no trata sobre un amour fou y tardío, sino que nos transmite el intento desesperado por aceptarse —o todo lo contrario— de una mujer en su madurez. Ernaux camina de lo individual a lo universal; en el caso de Beigbeder, su Yo en la Ficción surge como excusa para referirse al miedo global en ‘Windows on the World’ o retratar un país en decadencia en ‘Una novela francesa’. Dos novelas en las que poco —o nada— falla.

Este trasfondo, auténtico motor, se difumina en sus otras obras. Quizá con ‘El amor dura tres años’ probase a versionar la novela de tesis: esta es mi idea, la expongo en el primer capítulo —dos páginas—, la estiro igual que un chicle y mientras tanto, como le falta chicha, la repito y la repito, y ya. A los tres años de relación, Marronier conoce a otra, engaña a su mujer y, cuando ella se entera, le abandona: suena más triste si la aventura sucede en Italia y la ruptura en Brasil. Intenta convencer a su amante para que ella también rompa su relación; no le cuesta mucho. Antes ha intentado volver con su mujer, no nos queda muy claro por qué: miedo a la soledad, aburrimiento, si no escribo más no da ni para nouvelle. Y eso cuenta ‘El amor dura tres años’: alegoría de la futilidad de los sentimientos en la vida moderna, puede, y alegoría total, impregnando desde la elección de la historia hasta su desarrollo, si rascamos.

¿Qué fallaba?

El problema de ‘El amor dura tres años’ reside en el desinterés de lo que narra —y por lo que narra, y con el que narra—, en su nula trascendencia, en su incapacidad para sugerir más allá de lo evidente… en sus faltas, pues, y en su exceso: a Beigbeder se le va la mano con el personaje. Se proclama el más divertido, el más ingenioso, y satura al lector con sus ocurrencias, jamás a la altura de ‘13’99’, y si busca el patetismo no lo logra, y resulta inevitable pensar en Houellebecq, sospecho que modelo, confirmo que inalcanzable.

En resumen: que a Beigbeder le sobran las buenas ideas. Que sabe desarrollarlas y escribirlas. Y que ha demostrado, pese a todo, que no le apetece hacerlo. Así que una sueña con un editor capaz de aguantarle, de sentarse junto a él y de —igual que actuamos con los niños— mostrarle el camino que sí y el camino que no, borrarle todas las páginas sobre su ombligo.

Eso falla. La voluntad. El respeto, de nuevo, al lector y a sí mismo.

Hacia la mitad de ‘El amor dura tres años’, cuando no suceden más que los lloriqueos de un Marronier abandonado por su esposa y chuleado por su amante, se alcanza el culmen de la desfachatez: “y si os parezco ridículo, que os den por el saco”. Lo advierte Marronier, aunque en realidad el desafío lo lanza el propio Beigbeder, cuya bibliografía de heterónimos demuestra que suena mejor cuando más suena a sí mismo, sin máscaras ni imposturas. Con esta aburrida historia de amores aburridos, desamores aburridos y snobs aburridos lo demostró.


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