FIB 2016
Conversaciones con Enrique Vila-Matas (3)

Conversaciones con Enrique Vila-Matas (3)

Publicado el 06.06.13
por Jordi Corominas i Julián / Foto: Elena Blanco

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Me comentaba Fernández Mallo que en su opinión la poesía puede innovar porque nadie lee versos. En narrativa no sucede lo mismo, pero podría ser que la toma de conciencia de la situación de la literatura en el siglo XXI permitiera más atrevimiento.

Hay que pensar siempre en ser leído, ahí está la clave de todo, porque te has de comunicar. No vale pensar eso de cómo no me van a leer mucho voy a poner lo que me de la gana, porque para eso te quedas en casa y te lo lees a ti mismo. Ahí es donde digamos cierta vanguardia entre comillas se equivoca no pensando en la comunicación. Piensan en el prestigio de ganar un premio. Es como el cine que se hacía antes para ganar el Festival de Venecia, películas infumables que daban prestigio al director y que nadie las veía, y ahora menos. La gran coartada ha sido siempre decir que como te lee poca gente escribes una cosa vanguardista, la sacas y te da igual. Puedo juntar las palabras en un minuto y te escribo el libro esta tarde.

Habría que pensar en qué entendemos por vanguardia en el siglo XXI, es una palabra que se emplea demasiado a la ligera.

Hay que hacer un esfuerzo por ser leído y entendido, comunicarse con los demás. Los que no lo hacen forman parte de un grupo en el que se leen entre sí mismos, se comprenden todo ellos y no salen de una burbuja donde nadie más los lee porque se leen entre ellos únicamente.

Y eso anula de manera automática el supuesto vanguardismo.

Sí, por completo, es simplemente una asociación de intereses económicos de un grupo que se reparte trabajo entre ellos. Por eso no les preocupa ser leídos y comunicar, basta con que los amigos te digan que es genial lo que haces.

Y aquí se habla de las vanguardias históricas y se mira sólo la fachada, no el contenido, sin tratar de entender que a cada tiempo le corresponde una vanguardia distinta en función del contexto y las coordenadas históricas.

La vanguardia es mucho más sutil actualmente. Es hacer ver que es posible hacer literatura todavía. No es un salto de lenguaje o algo espectacular, sino más bien una transformación sutil, mínima, que permite llevar al lector a otro lado de una manera nunca radical pero que transforma.

No se pueden hacer grandes revoluciones.

Si la haces grande no te lee nadie. Lo decía Céline. Modifica algo, pero no mucho, porque si alteras demasiado el paradigma nadie te leerá. Es como si llamas por teléfono con la intención de quedar a una hora y hablas del tiempo. Tan elemental como buscar la comunicación con el lector y colocarle, bajo la apariencia de algo convencional, la verdadera dinamita a lo convencional a través de algo que sea alcanzable para el lector.

Leyendo la novela me acordaba de sensaciones y mucho de Tongoy. Lo recordaba más exagerado de lo que verdaderamente es.

Cuando escribía ‘El mal de Montano’, estaba más o menos por la página 150, me di cuenta que era la voz de un loco que hablaba todo el rato, pues sólo un loco puede decir que la literatura es él. Eso tenía un interés relativo y fue entonces cuando descubrí a Sancho Panza. Volví a repetir un hallazgo que en su momento tuvo Cervantes. Tiene que aparecer un tipo como Tongoy que advierta al protagonista de su locura.

¿Y qué función cumple Rosa?

Sirve para informar que Montano está casado. Es la esposa.

Tiene algo folletinesco.

También para decir que folla. Le descubre con el mapa del mal de Montano y la primera parte del libro termina con ese polvo salvaje.

En la literatura española chifla lo del sexo.

Es más sudamericano esto de entretenerse en la descripción del acto sexual.

Lo usas de modo bastante irónico, como quitándole importancia. Volviendo a Tongoy en ‘El mal de Montano’ aparece, como en muchas de tus novelas, la inevitable ironía del parecido del narrador con Drácula.

Me interesaba el lado vampírico por lo de chupar las influencias y quizás se ha leído como que yo era vampírico en cuestión de influencias literarias. Soy ajeno a esta interpretación. De todos modos siempre que veo a alguien pienso que puede ser un personaje mío, y los miro con ansiedad, como si quisiera hincarles el diente. Esto no es bueno que se sepa porque van a pensar que quiero succionar a todos para que aparezcan en mis novelas. Tampoco es así. Hago broma, pero a veces pienso…

Todo puede ser literatura y por lo tanto cualquier persona puede aparecer en un texto.

Sí, además leo mucho en la vida real, leo continuamente las situaciones y le doy vueltas, a las más insignificantes, a las que en principio menos interés parecen tener. Ahí capto gente que no se saben tan vistos por mí ni mucho menos, como si llevara una cámara que filma sin parar.

Y dar vueltas de tuerca. Pese al tópico creo que los españoles tienen menos sentido del humor de lo que en realidad parece y les cuesta cuando se plantea una situación que parece solemne pero que a partir de los hechos cotidianos se vuelve absurda.

Se destruye siempre toda pomposidad y solemnidad.

¿Cómo valoras ‘El mal de Montano’ después de tantos años? ¿Crees que es necesaria esta reedición?

Es un libro que ha creado polémica en Estados Unidos. Está al día y mantiene todo su interés y actualidad absoluta porque es lo que está ocurriendo en los lugares en que se está publicando ahora.

Puede que el paso del tiempo le haya dado la razón al libro al hablar de crear obras literarias perdurables.

Es posible, pero no me toca a mí decirlo.

Ahora mismo con la velocidad del tiempo histórico que un libro tenga una vigencia de diez años es mucho.

Sí, pero esto indicaría cosas que no me corresponde decir. Me sorprende leerlo porque es como si hubiera salido ahora. En ese momento trabajaba con máquina de escribir y me sorprende por eso que la escritura tenga la potencia que tiene. Ahora trabajamos con la conciencia de poder y me doy cuenta que era mucho más preciso. Corregí una barbaridad, porque al releerlo pensé que encontraría defectos de estilos, imperfecciones de frases y no, lo veo bien acabado.

¿Relees mucho los manuscritos durante el proceso de creación? ¿Corriges mucho?

Sí, muchísimo. Vuelvo a empezar el libro unas treinta veces, voy escribiendo encima de lo que he escrito, es la forma de trabajar de la máquina de escribir. Volver a empezarlo todo. Ahora lo coges donde lo dejaste. Entonces cogía el ritmo a base de volver a empezar.

¿Fue muy largo el proceso de creación de Montano?

Sí, sí que fue largo. Nació de un encargo que me hizo la Academia de las ciencias de la salud de Madrid, me llamaron a casa después de ‘Bartleby y compañía’. Dentro de mi locura de entonces pensaba que me llamaban para decirme que dejara de fumar. No les cogía nunca el teléfono y terminaron mandándome una carta en la que me invitaban a dar una conferencia sobre literatura y enfermedad. Pagaban muchísimo. Todos los escritores de la época sabían que era imposible decir no a su propuesta. El problema era elegir la enfermedad a tratar en la charla. Una amiga me sugirió que lo mío era la locura, lo tenía clarísimo. Uní locura y literatura. Así surgió. El origen fue la conferencia de Madrid. La titulé El mal de Montano, tenía diez folios, la leí en presencia de amigos y al terminar alguien me comentó que le parecía una salida lógica al Bartleby.

¿Cuánto tiempo había transcurrido tras ‘Bartleby y compañía’?

Medio año.

¿Y cuánto te ocupó la escritura de ‘El mal de Montano’?

Un año aproximadamente. Siempre he tenido las mismas pautas en lo que escribo. Siempre tardo lo mismo en escribir el libro y siempre me doy una pausa de medio año antes de afrontar un nuevo proyecto. Cuando empiezo a detestar el libro anterior significa que ya estoy preparado para escribir otro.




Hay una conexión lógica desde Bartleby hasta llegar a ‘Aire de Dylan’, como si pulieras la obra poco a poco.

Todo está muy conectado. ‘Aire de Dylan’ está especialmente conectada con ‘Historia abreviada de la literatura portátil’ y Bartleby. Tiene esta frescura del texto airoso, la manera del texto ligero, ultraligero si se quiere. En el caso de ‘Aire de Dylan’ ha funcionado mucho por los lectores. Es un libro narrativo y la gente lo ha agradecido. Otros libros míos han sido más complejos. ‘El mal de Montano’ lo es más que ‘Aire de Dylan’. Bartleby también es para muchos más lectores, y no porque lo calculara. Con ‘Aire de Dylan’ pensé que sería complicado por el cambio de estilo si lo comparas con ‘Dublinesca’.

¿Tienes el mal de Montano?

La gente se cree que lo tengo, pero nada tengo que ver con esa enfermedad. Había la idea de los enfermos de tele.

La gente cree que estás enfermo de literatura.

Mucha gente me lo pregunta, y hasta hay personas que dicen adorarme porque estoy enfermo de literatura. Cuando me quedo solo pienso en cualquier cosa menos la literatura. Si escribo una novela estoy concentrado las veinticuatro horas, pero no estoy en el sofá sufriendo ni nada por el estilo.

El mismo estilo Montano lo ha propiciado. Cuando escribes en el periódico eres el articulista que en menos espacio hablas de más obras.

Me caben muchas, sí. Lo hago como una miniatura porque trabajo mucho para que me quepa todo. Esto lo he aprendido, antes no me salía. He cogido el ritmo de las seiscientas palabras, que al principio me costaba mucho.

Desmientes totalmente tu enfermedad literaria.

Sí. Sólo le he dado nombre, un diagnóstico. 

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