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St. Vincent

St. Vincent

4AD / PopStock!, 2011
7.6
Publicado el 19.09.11

Otra vuelta de tuerca

“Ya no quiero ser una cheerleader”, canta Annie Clark en su tercer disco y, aunque intuimos que habla de asuntos sentimentales, es demasiado tentador no buscar interpretaciones alternativas. Porque no, nunca ha encajado en el perfil de animadora, ni tampoco en el de dulce cantautora pop. Desde que debutase en solitario tras tocar junto a Polyphonic Spree y Sufjan Stevens, sus composiciones siempre han encerrado rincones mucho más oscuros y retorcidos de lo que transmite su cara de ángel. Pero en “Strange Mercy”, ya desde la portada, se aprecia otro estado de ánimo: de las instantáneas en las que nos miraba de frente (“Marry Me”, 2007) y de soslayo (“Actor”, 2009) pasamos a un grito congelado en blanco. Una estética decididamente más feísta que parece un aviso de lo que contiene el disco.

La St. Vincent que se presenta ahora ante nosotros sigue siendo alérgica a la línea recta, buscando siempre desvíos en sus canciones que las apartan del camino más lógico. También conserva su característico sonido barroco, cargando sus canciones de arreglos incluso cuando no parece necesario. Lo que diferencia entonces a este álbum de sus anteriores trabajos es lo que parece una voluntad de ir algo más allá, de dar una vuelta de tuerca a su discurso incluso si con eso corre el riesgo de convertirlo en algo difícil de digerir.

En “Strange Mercy” ganan protagonismo los sintetizadores y la guitarra de Clark, tratada de muy distintas maneras a lo largo del disco -y que muy a menudo recuerda a las de Dirty Projectors-. También la producción, a cargo de John Congleton, que juega a acelerar y a desacelerar el sonido, y que prueba tantas cosas que a veces produce aturdimiento (“Northern Lights”). Y esta huida hacia delante también se manifiesta en unas letras en las que se aprecia un sentimiento de rabia latente, referencias sexuales más o menos explícitas (“Chloe in the Afternoon”, “Surgeon”) y la sensación general de que su autora tenía una necesidad urgente de sacarse cosas de encima -“me gano la vida contándole a la gente lo que quiere oír”, canta, desencantada, en “Champagne Year”-.

Pasos arriesgados y valientes que funcionan sobre todo en una primera parte del álbum en la que, sorprendentemente, encontramos lo más parecido a un hit que ha escrito. Un ritmo casi disco y un riff pegadizo llevan en volandas a “Cruel”, caramelo envenenado que reflexiona con amargura (“podían dejarte o tomarte, así que te tomaron y te dejaron”) sobre las relaciones familiares. “Cheerleader” es la otra canción que entra a la primera, con un estribillo que recuerda a los mejores momentos de Goldfrapp. A partir del tema titular, sin embargo, el disco pierde algo de su fuerza inicial –sobre todo en las canciones más lentas-, y aunque la recupera por momentos (“Dilettante”) no logra completar el que podría haber sido su mejor disco. Pero si “Strange Mercy” no llega a serlo, tampoco tenemos que preocuparnos: todo indica a que éste está todavía por llegar. 


Otros tags:
Sufjan Stevens, The Polyphonic Spree, Dirty Projectors

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