por César Estabiel
@estabiel
El swing es algo que se tiene o no se tiene. El término gana enteros si no se toma como un simple estilo musical, sino que lo vemos como una manera de cantar y contar en la que todo parece encajar, en que todo en ese instante parezca que cobre sentido. El swing es un gesto natural de lo más impecable, la acertada espontaneidad del genio. El swing fue Frank Sinatra, un hombre que desde hoy ya puede descansar por siempre en su féretro. Kurt Wagner le asegura una sucesión con éxito. Si nos olvidamos de la partitura clásica, claro.
Reconforta constatar que los que son realmente buenos siempre quieren ser mejores. “Mr. M” es la nueva virguería de una trayectoria que a mitad de camino ya había vencido las virtudes materiales para empezar a obtener beneficios intangibles. Del country al soul envuelto en seda de Marvin Gaye, la música ligera, hasta conocer el swing. Sin perfeccionar el estilo, sino buscando el placer más allá de lo evidente. Aquí encaja que Kurt Wagner se dedique a la pintura. O que lo haya convertido en algo más que una distracción tras la muerte, hace dos años y dos meses, de su amigo Vic Chesnutt. Porque las canciones de “Mr. M” recorren una hermosa travesía desde una primera impresión de fragilidad hasta constatar una inmensa solidez en la recompensa que deja tanto en el ánimo (nunca la pena sonó con tanto aprecio a la vida) como en el equilibrio mental (los buenos aún no se han ido).
En “Mr. M” parece que todo encaje. Incluso los arreglos de cuerda y la levedad orquestal no levantan la sospecha de ser un pegote estético. Pero no gastemos todo el halago en Kurt Wagner. Hay razones para aplaudir a Mark Nevers. Habitual en la formación de Lambchop y productor de otros músicos cuidadosos como Will Oldham o Andrew Bird, Nevers venía trabajando en un modelo que ha alcanzado la excelencia. Un sonido que encajase como un guante en la técnica narrativa de su jefe.
Sonido por encima de las nubes que provocan contracciones en la piel. Canciones para enmarcar (la instrumental “Gar” nada tiene que envidiar a las cantadas por Wagner). No exigíamos un final perfecto para aplaudir a rabiar, pero “Mr. M” lo tiene. Algunos creemos que la presencia del amor se nota más cuanto menos se menciona la palabra. Habría que repasar, pero aseguran que en las canciones de Lambchop no encontraremos un love. Hasta el tema que cierra este disco. “Never My Love” es un capricho consentido, un golpe de efecto magistral que consagra un trabajo de precisión suiza llamado a corregir el antipático ritmo de los acontecimientos. O si no, por mí que se acabe el mundo con todos dentro de él. Con todos menos con Lambchop, porque incluso el más árido solar necesita el swing perfecto.
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