Hara-Kiri: Muerte de un samurai

Hara-Kiri: Muerte de un samurai

Con Ebizo Ichikawa, Eita, Koji Yakusho...
6.0
Publicado el 17.08.12

Tradición en la era digital

'Hara-Kiri: Muerte de un samurai' compone junto a '13 asesinos' una especie de “paréntesis clasicista” dentro de la inaprensible filmografía de Takashi Miike. Una mirada a la venerable tradición del cine de samurais que revisa dos de sus hitos: si en '13 asesinos' Miike tomaba como punto de partida 'The Thirteen Assassins', dirigida por Eiichi Kudo en 1963, 'Hara-Kiri' se basa en una novela de Yasuhiko Takibuchi ya llevada al cine por Masaki Kobayashi en 1962 (se da el caso, además, de que ambas adaptaciones compitieron en la Sección Oficial de Cannes).

En principio, este abordaje no debería sorprendernos. A fin de cuentas, se trata de una muesca más en la trayectoria de un director que ha tocado todo tipo de géneros y tonalidades dramáticas. Lo que realmente llama la atención de este díptico samurai es que Miike, cineasta acostumbrado a sacudir los cimientos de sus películas por la vía del exceso o de la salida de tono, se nos presente disfrazado de artesano pudoroso, con un cristalino respeto por el material que está tratando.

Pero este clasicismo es engañoso o, como mínimo, merecedor de algunas matizaciones. '13 asesinos' desembocaba en una batalla final de cuarenta minutos, auténtica razón de ser de la película, hiperbolización en verso libre del furioso surtidor de sangre que mancha la historia del género.

De apariencia más reposada, el elemento discordante en 'Hara-Kiri' es su textura digital y el empleo de las tres dimensiones (ausentes, por cierto, en las copias con que se distribuirá en territorio español). Lo decepcionante es que el choque entre recreación histórica y presente tecnológico no se traduzca en arrojo formal, sino en una previsible y esquemática rigidez que le hace un flaco favor a la espesura trágica a la que aspira el film.

Así, lo más interesantes de 'Hara-Kiri' los hallamos en la oportuna reflexión de fondo  que se deriva de su anécdota argumental: En tiempos de paz (y de crisis) es difícil que un samurai se gane la vida, por lo que muchos optan por anunciar su intención de cometer suicidio ritual, con la esperanza de que los grandes señores se apiaden de ellos y los contraten como siervos. Con la intención de dar ejemplo y apelando al código de honor, uno de ellos es “obligado” a hacerse el hara-kiri. Pero al ahondar en sus desesperadas circunstancias, la película se interroga acerca de la vigencia de ciertos valores cuando lo que prima es el instinto de supervivencia.

Es una lástima que Miike no haya querido trasladar ese cuestionamiento de lo caduco también al plano formal. Sin embargo, el brillo aislado de alguna secuencia (véase cómo dilata hasta lo insoportable, con un uso maestro del sonido y del fuera de campo, el momento clave del seppuku) constata que a estas alturas el firmante de 'Audition' es capaz de convencernos incluso al entregar obras menores. Aunque a quien esto firma le contraríe un poco estar refiriéndose al “oficio” de un director que no hace tantos años se distinguía por su carácter convulso.


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