Fac. Dance

Fac. Dance

Strut Records, 2011
7.0
Publicado el 21.11.11

La música que dio color a Manchester en los 80

Como si el trágico final de Ian Curtis hubiera sacudido el estado de ánimo de toda una ciudad, el latido mortífero de Manchester empezó a mutar en un tímido groove nada más encenderse el neón de los ochenta. Muerto el cantante de Joy Division, la sintonía de la ciudad industrial descubrió la bondad del hedonismo. El emporio independiente de The Factory prendió la mecha en 1978. Dirigido por Tony Wilson y sus dos socios, pronto ampliaron el negocio del club donde se programaban los avances llegados con el punk con un sello discográfico. Cualquiera hubiera identificado la soga que colgó a Curtis como un mal presagio. Incorrecto: sus compañeros cambiarían el orden del discurso –o la tragedia por el baile- bajo el nombre de New Order.

Factory Records liberó el deprimido ambiente mancuniano. Dieron pista libre a los heterogéneos sonidos surgidos del post-punk –tanto el funk frío de A Certain Ratio como la melancolía torcida de Durutti Column-, como aperitivo de un estilo de baile que, con suma elegancia, templaría la gélida temperatura de propuestas anteriores. New Order puso a Manchester en el mapa de cualquier rincón del mundo. “Factory Dance. Factory Records 12” Mixes & Rarities 1980-1987” es justamente lo que indica su título: los objetos alojados en el fondo de aquel arcón, fotografías secundarias, y para muchos aún no vistas, de aquella escena que tuvo un fiel negativo al otro lado del Atlántico.

Porque en Nueva York esta historia se calcaba con personajes de perfiles similares. Allí los músicos pintaban, los actores escribían y los grafiteros se ponían a hacer música. Al día siguiente se cambiaban los papeles. Y los que algún año atrás habían estado maltratando sus oídos en los sótanos del East Village actuando -o simplemente asistiendo- a ejercicios de nihilismo musical, ahora optaban por canalizar la energía en beneficio del cuerpo. Lo arty mutaba rápido y sin prejuicios mediante. Con la selección de este doble recopilatorio nos damos cuenta de que en Manchester tampoco; además de poner sobre la mesa los lazos que conectaron ambas fórmulas de baile. Inglaterra se adaptaba a los sonidos de fuera. Ahí estaban Blurt, con su funk más que agresivo. O cierto ritmo latino que a menudo dejaban ver Quando Quango. También Biting Tongues recogían influencias nada inglesas, mientras el sonido electro que impregnaba a Shark Vegas elevaría más tarde la calidad de New Order.

A diferencia de las prácticas arqueológicas, esta labor de extracción en los estratos profundos no garantiza el descubrimiento de los mejores hallazgos. Estamos, más bien, ante una demostración contundente del latido menos británico de un sello que modificó el rumbo de la cultura británica. Porque Factory Records, más que una marca de discos, fue todo un complejo estético, ligado al sonido del productor Martin Hannett, los diseños exclusivos de Peter Saville y la agudeza empresarial de un Tony Wilson que guardó para el final su mejor golpe de efecto. Sabido era que numeraba con el prefijo FAC no solo las referencias del sello. Cualquier actividad de la compañía –ya fuera el negocio de peluquería, un simple poster o una demanda jurídica- llevaba aquella marca. El último número (FAC501) se reservó para el que fue su ataúd. Era 2007.

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