FIB 2016
Genesis de Robert Crumb

Todo está en los libros (1)

Adaptaciones al cómic de clásicos de la literatura

Publicado el 09.10.13
por Alberto García
@El_tio_berni

Tebeos y libros, cómic y literatura. Términos que no son intercambiables pero a los que es difícil no encontrar un aire de familia. La historieta, por la combinación que en ella confluye de formato, diseño, imagen y escritura, acaba por ser prácticamente prima carnal de todas las demás disciplinas artísticas, desde la arquitectura hasta la fotografía, pasando por el cine o la poesía. Durante mucho tiempo se la asoció estrechamente con el cine, tal vez por ser eminentemente una narración con imágenes, tal vez porque muchos dibujantes bebieron del celuloide para tomar préstamos en el terreno del encuadre, el ritmo o la elipsis (aunque lo opuesto también es cierto) e incorporarlos en el canon de la narración en cómic. Por supuesto que el cómic incluye elementos de todas estas artes, pero también en el cine escuchamos música y vemos fotografías pasadas a toda velocidad, y aún así tenemos la certeza de encontrarnos ante una disciplina independiente con sus propios códigos. Lo mismo pasa con el cómic.

En cualquier caso, históricamente el cómic ha venido siendo considerado un arte menor, un entretenimiento dirigido principalmente a la infancia y un medio eminentemente ajeno a la “alta cultura”. De esa percepción nacen esas dos frases que tanto nos suelen fastidiar a quienes consumimos cómics desprejuiciadamente: “la historieta es el cine de los pobres” y aquella máxima del franquismo, “dónde hoy hay un tebeo, mañana habrá un libro”. Y nos fastidian porque sabemos que encierran su parte de verdad, y porque sabemos que solo podemos llamar arte con la boca bien grande y la cabeza alta a un pequeño porcentaje de las obras producidas dentro del medio. Hubo un tiempo en que el cómic era tan barato y pasaba con tanta frecuencia de mano en mano, que realmente era el cine de los pobres (y esto no implica ninguna valoración respecto a su calidad). Y, por mucho que nos duela el desprecio implícito en el concepto, parece evidente que un niño que lee tebeos tiene más probabilidad de acabar leyendo literatura que un niño que no lee nada. Aún con todo, el aspecto más interesante de estas dos sentencias es cómo el cómic se ha relacionado indistintamente con cine y literatura, aunque, si atendemos a la relación que se establece entre el medio y el receptor, el cómic se experimenta más como una obra literaria que como una obra cinematográfica. En el cine, el espectador no tiene espacio para la maniobra. Es llevado en volandas por la proyección de la película y en ningún momento puede elegir detenerse en un plano, volver atrás o aislar un único elemento (la música, la fotografía, ese objeto en segundo plano). Por el contrario, tanto en el cómic como en la literatura el lector es dueño del ritmo de lectura, es un agente activo en la construcción de la historia, por no mencionar que, debido al soporte en que se publican ambos, existe un contacto físico entre la obra y el espectador. Un contacto que, de alguna manera, supone un grado de intimidad añadido. Pero en el caso de la historieta podemos ir incluso un paso más allá, porque el lector es capaz captar de un solo vistazo la página completa, compuesta por viñetas que delimitan distintos tiempos y espacios, con lo que en cierta medida es dueño de la ordenación y fragmentación de lo que se encuentra ante sus ojos. Una última viñeta representando un desenlace inesperado puede saltar a sus ojos antes que aquellas que lo preceden, y esta posibilidad, así como muchas otras, ha de ser tenida muy en cuenta por el autor para no arruinar la experiencia lectora. Elementos comunes, distintas reglas.

¿A qué viene todo este rollo? ¿No nos ibas a hablar de novelas adaptadas al cómic? Pues sí, pero oye, mejor dejar las cosas claritas desde el principio. Que la lectura de una adaptación literaria al cómic nunca sustituye a la lectura de la obra original, igual que una adaptación cinematográfica no sustituye la lectura del libro en que se basa. Recuerdo a un profesor de literatura en el instituto profundamente ofendido cuando, ante su petición de que cada uno de los alumnos nos presentásemos con un ejemplar del Quijote, se encontró con uno de mis compañeros que traía bajo el brazo una adaptación al cómic de la obra de Cervantes. Y cuando digo ofendido quiero decir ofendido. Mi compañero se disculpaba: “Pero si está aquí toda la historia. Pero si esto está muy bien para que los niños aprendan el Quijote”. A lo que el profe –que además se llamaba Velázquez– respondió: “A un niño no puedes darle chorizo picante de Salamanca, porque no lo sabe apreciar. Tienes que darle chorizo de Pamplona. Tú ya no eres un niño, y eso que has traído es chorizo de Pamplona”. No le faltaba razón a Velázquez, a quien siempre estaré agradecido por obligarme a leer La regenta –maravilloso– y al mismo tiempo permitirme hacer un trabajo sobre La senda del perdedor de Bukowski. Pero toda la amplitud de miras que tenía en lo tocante a la literatura, se convertía en prejuicios cuando se trataba de cómic. ¿Es censurable? ¿Debería yo, sapientín del cómic, situarme un peldaño moral por encima de él y criticar su ceguera ante el excelso arte de las viñetas? Seamos serios: no. En gran medida, todo el cómic que Velázquez había conocido era chorizo de Pamplona, y en ocasiones incluso mortadela. ¿Pero podemos atrevernos a pensar que en los 25 años que separan aquella anécdota del momento actual algo ha cambiado? Yo creo que sí. Y de eso venimos a hablar aquí. No de las Joyas Literarias Juveniles que tanto disfrutó todo niño de mi generación (y que sí, en muchos casos fueron la puerta de entrada hacia Verne, Dickens, Dumas, Twain o Stevenson) pero que se concibieron como –dignos, elaborados e incluso sobresalientes– sucedáneos de los originales en que se inspiraban. No, no venimos a hablar de esa tradición, representada también en el mundo anglosajón por los innumerables Classics Illustrated, sino de cómic realizado por autores con inquietudes artísticas que, a partir de una novela u otro tipo de libro, elaboran un discurso propio, bien sea porque se apartan lo suficiente del original como para insinuar una nueva lectura, bien sea porque su tratamiento artístico añade capas de significado y sugiere sensaciones nuevas. Algo así, si se me permite volver al cine, como lo que hacía Hitchcok cuando decidía adaptar una novela y convertirla en Vértigo, Psicosis o Extraños en un tren.

Así pues, no vamos a hablar de biografías de literatos y filósofos, de las que, precisamente en estos momentos y muchas veces desde editoriales literarias, el mercado empieza a estar inundado. Gabriel García Márquez, Virginia Woolf, Henry David Thoreau, Hunter S. Thomson, F. Scott Fitzgerald, Boris Vian, Kafka, Ana Frank, Pier Paolo Pasolini, James Joyce, Bertrand Russell o los fundadores del movimiento Beat, entre otros, ya tienen su propio cómic. Algunos de ellos incluso son buenos. Tampoco vamos a hablar de escritores de literatura que hacen incursiones en el cómic, aunque pudiéramos citar nombres tan relevantes como los de Stephen King, Fred Vargas, Andreu Martín, Dennis Lehane, Chuck Palahniuk –o al menos eso ha anunciado–, Jerôme Charyn, o Rosa Montero. No. Vamos a hablar de novelas que se convierten en cómics, y además no lo vamos a hacer ni de forma sistemática ni de forma inclusiva. Lo vamos a hacer siguiendo el criterio más cómodo, que es el de seleccionar las obras que a mí me parece que tienen un mayor interés como cómic. Y ni siquiera todas, porque nos limitaremos a obras que sean aún fácilmente encontrables en las librerías españolas. Y dentro de esas, las que he podido recordar. Como podéis ver, la punta del iceberg. Vamos allá.

Empecemos por el libro de libros, la Biblia. Obviamente, el libro más influyente en la cultura occidental no podía ser ajeno a las reinterpretaciones en todo tipo de medios, y el cómic ha jugado su papel. Existen muchas biblias para niños y en el pasado se han publicado series enteras glosando los distintos capítulos de la Biblia, casi siempre desde el punto de vista pedagógico y del adoctrinamiento. Pero el tiempo pasa y otro tipo de miradas se posan también sobre este fabuloso documento lleno de recovecos extraños y maravillosos. Tanto es así, que Robert Crumb, el adalid del underground, el azote de los biempensantes, se atrevió con el ‘Génesis’, con la peculiaridad añadida de que decidió conservar integro, palabra por palabra, el texto original. Distintas líneas de pensamiento pueden ayudarnos a justificar la decisión de Crumb de meterse en camisas de once varas, pero no debemos olvidar el que tal vez fuera el argumento más poderoso: el cuarto de millón de dólares que puso la editorial sobre la mesa. Del principio del Nuevo Testamento pasamos al final, porque recientemente un grupo de autores españoles decidió, también respetando el texto original, plasmar en historieta el Apocalipsis. El libro se llamó ‘Apocalipsis según San Juan’ y lo perpetraron, con delirio gráfico incluido, LluïsotDarío AdantiLPOAntonia Santolaya, Fermín SolísFidel MartínezEd CarosiaVictoria MartosEnrique Flores, Javier VázquezBorja González Hoyos.

Otros autores han preferido no irse a los extremos, aunque los dos casos que voy a comentar ahondan, de nuevo, en el Antiguo Testamento. Uno de ellos es ‘Rey David’, cuya temática es fácilmente deducible a partir del título, y cuyo autor es el norteamericano Kyle Baker. Durante algún tiempo, Baker pareció algo así como una nueva gran promesa del cómic de autor, percepción que con el tiempo se ha ido marchitando, especialmente a la vista de su irregularidad. ‘Rey David’ se enclava en terreno intermedio. No es un fiasco absoluto, pero desde luego está lejos de ser un gran cómic, aunque hay que reconocerle algunos momentos realmente divertidos –Baker parte de la revisitación en clave humorística– y un buen dibujo caricaturesco lastrado por el descubrimiento de algunas herramientas para aplicar el color informático que, o bien no estaban los suficientemente desarrolladas, o bien el dibujante quiso emplear simultáneamente. El mismo personaje, ese pequeño David que acaba convirtiéndose en rey de los judíos, es el protagonista de ‘Goliat,’ la novela gráfica de Tom Gauld. En este caso, el dibujante escocés se centra en un pequeño pasaje, el enfrentamiento entre David y Goliat, y lo hace adoptando el punto de vista de los filisteos, esto es, de los perdedores. Su intención es mostrar la cara oculta de la Biblia, lo que esta nos escamotea, y hacerlo además desde una perspectiva intimista y, por qué no decirlo, depresiva. Que el lector conozca de antemano el desenlace de la historia no hace sino agrandar los ecos de tragedia. Y pasamos de la tragedia de nuevo a la comedia, porque el alemán Ralf König, mundialmente famoso por sus cómics protagonizados por homosexuales –¿quién no conoce ‘El condón asesino’?– se ha despachado a gusto realizando no uno ni dos, sino tres cómics tres sobre la Biblia: ‘Prototipo, Arquetipo y Antitipo’, los dos primeros de los cuales ambienta en el Antiguo Testamento, para llegar al Nuevo Testamento en el tercero. Por supuesto, el siempre mordaz e irónico König aprovecha la ocasión para cebarse tanto con la religión como con el propio ser humano que la sustenta. Pero ojo, que no acaba aquí la cosa, porque cuando le dio por la Biblia, König ya venía de hacer su peculiar remedo de ‘Las mil y una noches’ en ‘¡Oh, genio!’, de atreverse con Shakespeare en 'Yago', y de adaptar tragedias, mitos y relatos griegos en ‘Lisístrata’ y ‘Troya’. Su última obra publicada en España es ‘Las once mil vírgenes (virgen más, virgen menos)’, versión de la leyenda de Santa Úrsula ambientada en el siglo III d.C (y que nos remite indefectiblemente al título de la novela de Jardiel Poncela, ‘Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?’).



¿Hemos dicho mitos griegos? Pues entonces no podemos pasar por alto ‘Baco’, de Eddie Campbell, que los actualiza y los sitúa en la edad moderna sin dejar de lado más de uno y de dos flashbacks un poco más canónicos. Quien conozca otras obras de Campbell, ya intuye que su socarronería escocesa rezuma por los cuatro costados de cada uno de los tomos de esta serie, de la cual hasta ahora solo se ha publicado el primero en España. Otro apasionado de la Grecia más clásica es Eric Shanower, que en su serie ‘La edad de bronce’ relata la Guerra de Troya pero, eso sí, sin dobleces ni lecturas apócrifas, sino tratando de ser lo más fiel posible a los textos más canónicos. Y ya que estamos Grecia, no podemos resistirnos a mencionar ‘Los 12 trabajos de Hércules’, de Miguel Calatayud, un cómic realizado hace más de 40 años pero que, con justicia, se recuperó hace no demasiado en una hermosa edición. Baste decir que el dibujante alicantino ha obtenido en tres ocasiones el Premio Nacional de Ilustración para que os hagáis a la idea de su calidad e inventiva gráfica. Y ya que estamos con Hércules/Heracles, también es ineludible el díptico de David Rubín en ‘El héroe’ y ‘El héroe 2’, un relato donde se mezclan los dioses y monstruos griegos con coches de alta cilindrada, iPods y prensa rosa, y que utiliza los elementos universales de los mitos para hablar de nuestro tiempo y nuestro espacio incluso en clave política. Por supuesto, cuando hablamos de universalidad nos viene a la mente Shakespeare y el impacto que su obra ha causado en nuestra cultura. A pesar de que el propio escritor se basaba a menudo en obras preexistentes, ha sido su pluma la que ha elevado hasta lo sublime la recreación de pasiones y debilidades humanas como el amor, la traición, la locura, los celos o la venganza. Y, por tanto, no es de extrañar que el cómic haya aprovechado este filón. Tras décadas en las que su obra ha estado descatalogada en Espala, por fin vuelve a las estanterías españolas el trabajo de Gianni de Luca, un italiano que se especializó en el cómic de género policiaco pero que dejó tres adaptaciones de Shakespeare históricas: ‘Romeo y Julieta’, ‘Hamlet’ y ‘La tempestad’. Si bien De Luca peca de literal en los textos, su despliegue gráfico y su aproximación a la página considerada como un todo en el que los personajes bailan la coreografía de la trama, lo convierten en un autor innovador y digno de estudio. De momento La tempestad no ha sido reeditada en España, pero no pene, querido lector, porque puede acceder a la versión de Santiago García y Javier Peinado, menos exuberante en lo gráfico –aunque muy remarcable, y más si consideramos que era el debut del dibujante– pero que a cambio ofrece el aliciente de estar ambientada en el espacio y protagonizada por astronautas y alienígenas. Podríamos seguir dando carrete al bardo de Avon, pero lo dejaremos aquí de momento. Sigamos, eso sí, con escritores clásicos.




‘El horla’ está considerado por muchos como el mejor cuento del francés Guy de Maupassant, un relato fantástico de fantasmas y locura que adaptaron al cómic Felipe Hernández Cava y Sanyú con el título ‘El hombre descuadernado’, apropiándose del mismo para dar salida a los propios fantasmas del guionista. También en Maupassant se fijó el norteamericano Sammy Harkham, que convirtió el relato ‘En el mar’ en un delicioso cómic titulado ‘Pobre marinero’, una narración tan poética y sugestiva como cruel y pesimista. Este cómic se puede encontrar tanto de forma independiente, en la edición de Apa Apa, como compilado –y remontado– en la antología de historias cortas del dibujante que bajo el título ‘Todo y nada’ acaba de editar Fulgencio Pimentel. Pero si mencionábamos los fantasmas al hablar de Maupassant, no podemos pasar por alto al máximo exponente en ese subgénero literario, Henry James, y mucho menos podemos soslayar su magistral ‘Otra vuelta de tuerca’. En este caso no hablaremos de una adaptación al uso, sino de una fantasía en la que el español Keko imagina una posible continuación del relato del escritor decimonónico. Se tituló ‘La protectora’ y ofrece al lector tantas ramificaciones y posibles interpretaciones como la obra de la que toma aliento, exprimiendo de forma relativamente explícita los elementos de sexo y violencia que la sociedad victoriana solo podía insinuar. Seguimos con dibujantes españoles y seguimos con obras y escritores que se han ganado merecidamente la calificación de clásicos: hace menos de dos años, Enrique Corominas culminaba un proyecto largamente acariciado y nacido de la admiración absoluta, y es que por fin pudo ver publicado su ‘Dorian Gray’, adaptación de ‘El retrato de Dorian Gray’ de Oscar Wilde. Respetuoso con el original, la versión de Corominas se beneficia de una cuidada recreación de ambientes y de una peculiar y sutil habilidad para insinuar lo que de malsano y vil alberga el ser humano.

También se combinan la belleza y lo macabro en ‘Rey Rosa’, la adaptación del relato de Pierre Mac Orlan realizada por David B. El dibujante deja su impronta onírica en esta historia de piratas fantasmales y niños con regusto a cuento infantil macabro. Damos el –casi– último salto dentro de los territorios del terror –o el malestar, si así lo preferís– para acercarnos a un dibujante que a estas alturas muchos consideramos un clásico: Richard Corben. A lo largo de su carrera, muchas son las adaptaciones que el dibujante de Kansas ha hecho de distintos cuentos de H.P. Lovecraft o Edgar Allan Poe, destacando entre todas ellas ‘La caída de la Casa Usher’, que –junto a otras versiones de relatos y poemas de Poe como ‘El cuervo’–, publicara en los años 80 la editorial Toutain. Sin embargo, con el tiempo Corben ha querido volver sobre sus pasos y repetir y ampliar su muestrario, lo que ha dado lugar –acompañado por su viejo colaborador, el guionista Rich Margopoulos– a dos cómics tan especiales como ‘La guarida del horror. Edgar Allan Poe’ y ‘La guarida del horror. H.P. Lovecraft’. Pero no queda ahí la cosa, porque Corben también hizo suya –y muy bien hecha– ‘La casa en el confín de la tierra’, una adaptación de la novela de William Hope Hodgson –relacionado temática y estilísticamente con Lovecraft– que además supuso el regreso del historietista por la puerta grande después de una larga etapa donde su capacidad no brillaba a la altura acostumbrada. Otro reconocido dibujante que gustaba del terror ominoso y sugestivo de raíces literarias fue el uruguayo Alberto Breccia. Aunque también visitó otros parajes –como la recordada historia corta guionizada por Carlos Trillo, ‘La gallina degollada’, basada en un cuento de Horacio Quiroga– aquí nos quedaremos con otros de sus trabajos. En ‘El gato y otras historias’, Breccia adapta cuentos de Poe como ‘El gato negro’, ‘La máscara de la muerte roja’ y ‘El corazón delator’ entre otros, y aunque no existe una edición española, es relativamente fácil encontrar en nuestro país la edición argentina de Doedyeditores. Más sencillo aún de encontrar es ‘Los mitos de Cthulhu’ –de la que existe una “nueva edición mejorada”, no vayáis a haceros con la vieja–, donde Breccia contó con su yerno Norberto Buscaglia en calidad de guionista para llevar a buen puerto la difícil tarea de expresar gráficamente el horror según Lovecraft. Pero no acaba ahí la cosa, porque el dibujante argentino tenía una especial afición por adaptar relatos literarios, y también existe un cómic titulado ‘Sueños pesados’ en el que recrea obras de Lovecraft –de nuevo–, Robert Louis Stevenson, Jean Ray, Lafcadio Heam y Giovanni Papini. No se vayan todavía, aún hay más. En 1991, Breccia publicó una de sus últimas obras y se atrevió con Informe sobre ciegos, el famoso fragmento de la novela ‘Sobre héroes y tumbas’ y de Ernesto Sabato. Acabamos el repaso por la turbidez no sin antes mencionar apenas a Dino Battaglia, ya que aunque gran parte de su obra consiste en adaptaciones de escritores clásicos, apenas pueden encontrarse cómics suyos en España. Si acaso, no dudéis en haceros con ‘Totentanz’ si lo encontráis en alguna librería, porque en él descubriréis portentosas versiones de autores como Poe, E.T.A. Hoffmann o Gustav Meyrink. Justo es señalar, en cualquier caso, que Battaglia también adaptó a partir de los años 60 cuentos populares y narraciones de Lovecraft, Stevenson, Herman Melville, Maupassant o Rabelais. Con paciencia y una librería con buen fondo de material antiguo es posible que incluso deis con ‘Los cuentos de Maupassant’ y ‘El gran burlón’. No los dejéis escapar.


Lee la segunda parte

Otros tags:
Robert Crumb, David Rubín, Eddie Campbell, Sammy Harkham, Ralf König, Eric Shanower, Gianni de Luca, Enrique Corominas

Otros contenidos relacionados:

Alta tensión
16.01.14
COMENTARIOS
 
Numerocero ©. 2011-2017