FIB 2016
Miguel Brieva

Miguel Brieva: “La lógica que impera en el mundo no tiene en cuenta al ser humano”

Publicado el 20.04.15
por Guillermo Arenas
@GuillermoArenas

“Podrías denunciar a Apple”. La frase la pronuncia (en broma, pero no tanto) Miguel Brieva, y es el resultado de una primera entrevista frustrada por un teléfono que empieza a dar problemas justo en plena grabación de una charla con el dibujante sevillano. La excusa era la publicación de ‘Lo que (me) está pasando’ (Reservoir Books), su primera incursión en el formato de novela gráfica y una obra en la que su mirada disecciona de nuevo la sociedad en la que vivimos, pero esta vez valiéndose de una historia tan cercana a cualquiera que podría ser la nuestra. Víctor Menta, el “emperdedor” del subtítulo, ya ha entrado en la treintena y no tiene trabajo ni esperanzas de encontrar uno medianamente digno. La depresión empieza a engullirlo, y los medicamentos que le receta la psicóloga de la seguridad social no le sirven sino para hundirle más en un agujero negro. Lo único que le queda es una imaginación desmedida que le permite evadirse y, más tarde, un grupo de emperdedores junto a los que poder recuperar la esperanza. Días después de la primera y fallida entrevista, Miguel Brieva fue tan amable de recibirnos en su casa para volver a hablar de ‘Lo que (me) está pasando’ y de su visión de una sociedad “de pesadilla” en la que vivimos.



Cuando nos vimos, hablamos de lo difícil que es desembarazarse de una sensación de pesimismo generalizada, de la depresión que sufre Víctor Menta al principio de ‘Lo que (me) está pasando’.

Sí, pero el pesimismo no lo ligo a la crisis: ya estaba antes. Bajo la apariencia del subidón, de la época del ladrillo y la pasta, lo que latía subterráneamente era un profundo sentimiento nihilista, que tiene mucho que ver con el sistema económico de crecimiento ilimitado en el que vivimos. El sistema es nihilista porque es destructivo, es una destrucción permanente de los recursos y de las personas. Pretender consumir y crecer infinitamente acaba llevando a una situación de destrucción. Lo que late en el fondo de nuestro modo de vida es la destrucción. Normalmente necesitábamos consumir para la subsistencia: el ser humano necesita ingerir una serie de calorías, por ejemplo. Ahora, de lo que es necesario, de lo que puede consumir un africano medio, a lo que un europeo medio (por no irte a un estadounidense medio), hay un desfase bestial. Ese es el modelo. Nuestros dirigentes lo que nos proponen como solución es siempre “consuman más”. En el fondo es una autodestrucción, pero muy dilatada en el tiempo. Algo de ese espíritu ha calado en la gente. La idea de que esto es lo mejor que hay se ha asumido y se ha ido extendiendo. Todo eso contribuye a que la gente no pueda construir un relato alternativo y esperanzador. Lo que ves, incluso en el momento de mayor subidón, es un estado de desesperación. Es algo que yo intento reflejar en las viñetas de humor, cuando comparo la alegría exultante de la publicidad con una especie de locura, o de desesperación.

Eso lo combinas con una crisis económica en la que te dicen que, además de que el mundo es una mierda, no te vas a comprar el coche, no te vas a pagar la hipoteca, no vas a tener trabajo y hasta aquí podemos leer porque en realidad no tenemos ni puta idea de lo que va a pasar después. Claro, la gente hace como el protagonista de la novela: cae en una depresión, se encierra en sí mismo, se siente un fracasado, se anula… O se convierte en un cínico. El espíritu de los tiempos es un poco eso: una mezcla entre desesperanza, estar de vuelta de todo, inconsciencia total… Pero lo que hay detrás es el fracaso de un proyecto de sociedad.

Uno de los principales temas del ‘Lo que (me) está pasando’ es cómo su protagonista, Víctor Menta, pasa de estar solo y deprimido a descubrir que puede unirse a otras personas como él para intentar cambiar las cosas. ¿Por qué a veces cuesta tanto darse cuenta de que hay que unirse a otros para poder llevar algo a cabo?

Se ha ido construyendo a lo largo del siglo XX un perfil del ciudadano medio de la sociedad capitalista que es profundamente individualista, a base de desprestigiar lo comunitario, o por esa fantasía que viene de Estados Unidos de que cada hombre se vale por sí mismo. El emprendedor, el sueño americano, nunca se plantea como una colectividad. La mitología yanqui es muy evidente: aunque se hace cierto eco del momento con películas de temática apocalíptica, nunca se plantea los temas del apocalipsis real, sino que siempre se trata de alienígenas, asteroides o lo que sea, y luego siempre el mundo lo salva una persona, un ciudadano estadounidense, a base de hacer cosas absolutamente imposibles. Conectan la ñoñería emocional de “no pude ir a verte al partido” con esa magia del individuo que él solo salva al universo. Algo completamente desquiciado.

Por una parte esto ha ido impregnando la personalidad de mucha gente, pero por otro lado hay una serie de herramientas colectivas que sirven para comunicarnos, los medios de comunicación, que, salvo con la irrupción de Internet un poco, están absolutamente monopolizados por unas minorías, curiosamente las mismas que están más a gusto en este estado de las cosas. Se alienta constantemente al miedo. Es curioso porque la gente cada vez tiene menos que perder, pero es más fácil alentar ese temor a perder tu miseria que la posibilidad de buscar algo mejor. Eso se ve ahora mismo con la posibilidad de que llegue una gente al poder que claramente está más en sintonía con lo que piensa la ciudadanía, y el pavor por parte de los que controlan la situación y cómo apelan al miedo para intentar quitar a mucha gente la idea de apostar por la esperanza. Hay canales de manipulación que son casi perfectos. Por eso creo que al cambio no se va a llegar por la teoría. Es como el cambio climático: cuando veas que en el pueblo en el que veraneas desde niño el clima ha cambiado por completo, es cuando la gente va a atar cabos. Nos cuesta mucho atenernos a los hechos, porque son muchos y nos los dan muy fragmentados, pero sin embargo cuando te pegan un bofetón ya no lo pones en duda. Es como esa idea de la filosofía posmoderna de que no hay ninguna verdad absoluta, que no hay verdad ni mentira, sino que todo es un constructo social. En ese caso yo digo: bueno, yo te meto ahora una buena hostia, y ya me dices tú si te parece verdadero o falso. Una buena hostia pone la verdad en su sitio.

Y, claro, esa idea de que estás solo, te aboca irremediablemente a la depresión.  

Yo pienso que prácticamente todos los problemas que sufrimos, tanto a nivel personal como colectivo, tienen un mismo origen, una organización desquiciada. Nuestra psique no se acopla a ese desquicie y hace aguas. Ahora hablamos de la depresión, pero podríamos hablar de muchas otras enfermedades mentales, de la ansiedad, del insomnio, la bipolaridad… Cosas de las que realmente se sabe muy poco y se tratan habitualmente a base de medicar mucho, como matando moscas a cañonazos. El sistema de salud tiene sus límites, y se tiende a medicar con pastillas porque es más fácil que crear centros en los que la gente se pueda reencontrar consigo mismo. Hay una frase de Iván Ilich, un pensador que ha anticipado muchas de estas cosas, en la que decía que tratar de arreglar los problemas de la universidad sin tener en cuenta las estructuras en las que está arraigada la propia universidad es como intentar practicar urbanismo en Nueva York pero solo del piso 12 hacia arriba. Si no estructuramos las calles, ¿qué vamos a hacer en los pisos superiores? Puedes cambiar los muebles de lugar, pero los problemas estructurales van a ser los mismos. Algo similar sucede con la psiquiatría y los problemas psicológicos. Toda esta disciplina, que es muy del siglo XX, está muy ligada a la construcción del yo, así que hay que pensar hasta qué punto no está viciada desde el punto de partida.

Hay gente como Guillermo Rendueles, un psiquiatra muy interesante, lleva mucho tiempo hablando de esto, de cómo las causas fundamentales de muchos de los problemas psicológicos son sociales. Al margen de cosas como la esquizofrenia, las neurosis, las depresiones, etc. todas están ligadas a elementos sociales que no funcionan: trabajos alienantes, vidas sin futuro… Como todo eso no se puede tocar, te medico para que no te suicides.

Para crear gente que sea medianamente productiva...

Sí. El capitalismo fuerza todo lo que puede, eso lo explican Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria, que si algo queda de humano en nuestras sociedades es por nuestra resistencia antropológica a desmembrarnos y a descoyuntar nuestra humanidad. El capitalismo no hace nada por preservar eso. Si el sistema puede hacer que la gente trabaje 20 horas y duerma cuatro, lo hace. De hecho pasa en China y pasaba en los albores de la revolución industrial. La lógica que impera en el mundo no tiene en cuenta al ser humano. En ese contexto es lógico que la gente pete.

Luego hay otra cosa muy interesante sobre la salud mental: pensar hasta qué punto las propias descripciones médicas y científicas son a su vez profundamente ideológicas. ¿Por qué no se ha planteado tratar como una patología comportamientos de tarados que gobiernan el mundo? Se habla de Hitler, pero todo lo demás está muy cerquita de Hitler, y si no se han puesto la esvástica es porque igual se han dado cuenta de que no le funcionó. Hay una mentalidad megalómana, psicótica, que no se define como enfermedad mental, y eso que el impacto de un depresivo o de un adicto a las drogas es mínimo para la sociedad comparada con la de gente que causa la miseria de millones de personas. Ahí hay algo que hace aguas y que nadie está señalando.



Para salir de ese estado depresivo en el que está el protagonista de ‘Lo que (me) está pasando’, es fundamental la imaginación. Algo que se suele despreciar como no productivo tú lo revindicas como un elemento clave para salir de esta situación.

Dentro de la mentalidad de nuestro tiempo, que es fundamentalmente técnica, que busca la eficacia, que es mecanicista, la imaginación se ha quedado como para crear una categoría de productos de entretenimiento, o para la publicidad. Pero la imaginación es una cosa de raíz. Hace poco estaba en un pueblo de Sevilla en un encuentro con lectores, chicos de 15 ó 16 años, y les decía que una de las cosas fundamentales de la vida es saber no hacer nada. Saber estar solo. Pascal decía que el problema del ser humano era su incapacidad de permanecer solo. Ahora mismo estás todo el rato con el móvil, parece que tienes que estar siempre ocupado, pero hay que saber no hacer nada, porque en esos momentos brota en nuestra mente, en el horizonte de cosas que parecen posibles, algo distinto. No se trata de estar en una esquina aburrido, sino de aprender a disfrutar con el potencial creativo propio. El ser humano tiene dos grandes herramientas: su capacidad de subjetivar, de crear símbolos, de imaginar, y la capacidad de objetivar, a través del pensamiento metódico, racional, etc. Lo sano es que haya un equilibrio de las dos cosas.

El artesano de la Edad Media no solo hacía objetos utilitarios, sino que dejaba en él parte de su personalidad, le daba una carga humana. Es una metáfora de lo que ha sucedido a nivel social: ese componente fundamental de imaginar, de crear un componente humano, se ha dado de lado. Lo que importa es lo utilitario. Tenemos que recuperar esa capacidad de subjetivar y humanizar y sobre todo, esa capacidad de que lo que imaginamos puede hacerse posible. Ahora mismo nos parece más fácil imaginar la destrucción del mundo que la del capitalismo. Habrá que esforzarse en pensar y visualizar otro mundo que no se rija por estos parámetros. No es fácil, pero nuestro potencial es infinito.

Incluso en mucha de la ficción de hoy en día se nos muestra una sensación apocalíptica, de que estamos ante el fin de una sociedad.

Lo delirante es que la propia economía genere productos que se basan en esa sensación de fin cercano, incluso productos de disfrute. Es muy loco. Hay dos opciones en esta representación del fin del mundo: el rollo “salvo el universo del asteroide o lo que sea”, y la otra es ‘La carretera’: te voy a poner en corazón en un puño enseñándote una mierda de horizonte, pero solo emocionalmente. De la película no sales con ningún aprendizaje, es como ver una snuff movie. No entiendo qué motiva a una persona a hacer eso. Nuestro día a día ya es una puta pesadilla, así que como espectador o como lector, y desde luego como creador, lo último que quiero hacer es otra puta pesadilla. Habría que hablar de los creadores que triunfan en este sistema, cuya moralidad es muy cuestionable.



Otra de las constantes de tu obra, que también aparece en 'Lo que (me) está pasando', es la presencia de la publicidad como medio de difusión de un modo de vida desquiciado.

Hablar de los publicistas es parecido a hablar de los curas en la Edad Media. Son los que convencen a la gente de que Dios es esto. Antes teníamos la imagen de dios, el infierno, y demás, y ahora dios es que si no te compras determinado producto vas a ser un desgraciado. Estoy con Bill Hicks, un comediante estadounidense, que tiene bastantes monólogos sobre publicistas muy, muy bestias. Conozco a varios publicistas y puedo empatizar con ellos, pero me parece una profesión indigna. Se puede desinflar muy fácilmente esa idea de que la publicidad es el arte total del siglo XX. Históricamente, el arte ha sido algo que ha conseguido ensanchar los horizontes de lo posible, mientras que la publicidad es justo lo contrario. Detrás de esos elementos chisporroteantes siempre hay un mismo mensaje, un solo objetivo.

Aunque no mencionas directamente el 15-M, es obvio que la esperanza que llega al final del libro se relaciona con ese movimiento. ¿Crees que es posible que parte de ese espíritu llegue al poder en las próximas elecciones?

Ahora lo que hay es una posibilidad, aunque sea a través de una democracia paupérrima, de introducir un partido concienciado en una posición de poder. Si una de sus primeras motivaciones es potenciar la capacidad democrática, estaremos dando un primer paso. Si no somos ingenuos y echamos la vista hacia el siglo XX, podemos ver que absolutamente todas las veces que ha ganado un partido que ha intentado hacer cosas en sintonía con la gente, después ha habido un golpe de estado. Es algo que es posible. El establishment va a intentar antes  otras cosas: la prensa sucia, poner a un partido como Ciudadanos como señuelo... Y si todo eso no funciona, que les suele funcionar, lo siguiente puede ser un golpe de estado. Pero la posibilidad de decirle a la gente lo que realmente pasa por canales masivos es importante. Si alguna vez llega un partido de ese tipo al poder, creo que una de las primeras cosas que tiene que hacer es una labor pedagógica, enseñar a desaprender todo con lo que nos llevan machacando.


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