FIB 2016
Puro vicio

Puro vicio

Con Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston...
8.0
Publicado el 13.03.15

Bajo los adoquines, la playa

La novela de Thomas Pynchon 'Vicio propio' puede ser leída como una alternativa ficcional a la trilogía de ensayos 'Poder Freak' de Jaime Gonzalo, recientemente concluida. En ambos casos, los autores se sumergen en el mundo de la contracultura estadounidense de los años sesenta para espantar su halo paradisiaco, mostrándola en su desnudez inconsciente-pasiva, dispuesta a ser tomada por oscuros intereses empresariales (o incluso criminales).

Lo más llamativo de 'Vicio propio' es, quizás, la renuncia de Pynchon a hacer un vitriólico ajuste de cuentas con el sueño hippie. Lejos de la rabia infinita con que Michel Houellebecq se desquitó del mayo del 68 en 'Las partículas elementales', el esquivo escritor estadounidense contempla el tránsito entre las décadas de los sesenta y setenta como un tiempo de desorientación, donde nadie parece saber muy bien qué está haciendo ni las posibles consecuencias de sus acciones.

Pynchon encontró en el noir un disfraz perfecto para levantar esta sensación, creando un gran mcguffin con la forma de revisión fumada del género detectivesco. La historia empieza con un detective greñudo y desaseado, Larry “Doc” Sportello, siendo visitado por una atractiva mujer, Shasta Fay Hepworth (a la sazón, su amor perdido), que cree estar en apuros. Poco después, tanto ella como su amante, el magnate de la construcción Michael Wolfmann, desaparecen misteriosamente. Ese es el detonante de las pesquisas de “Doc” Sportello, pero sus conocimientos no tardan en revelarse como un minúsculo fragmento de una trama mucho más vasta y prácticamente incomprensible, que empezó a urdirse mucho tiempo atrás y que se seguirá extendiendo al concluir la peripecia que nos es contada.

En su adaptación cinematográfica del libro, Paul Thomas Anderson recoge el caudal de datos, personajes, pistas y sospechosos y los vuelca en ambientes que parecen ajenos al policíaco. Del mismo modo que es difícil imaginar una canción de Can como banda sonora de un caso de Raymond Chandler (1), los decorados que pisa el filme no deberían ser tierra fértil para el noir: mansiones ocupadas por bandas de surf rock, sus groupies y algunos neo-nazis; o clínicas psiquiátricas donde se proyectan maratones de filmes de propaganda anti-comunista, y en las que los jóvenes descarriados de la alta sociedad están protegidos por vigilantes ataviados con túnicas y armados con metralletas.

En lugar de misterio, la cegadora luz que baña los escenarios de 'Puro vicio' propone un colapso de ideologías contrapuestas. Los judíos millonarios tienen como guardaespaldas a supremacistas arios, y los hippies son contratados por el gobierno como agentes anti-revolucionarios. Tal convivencia de opuestos mantendrá a Sportello en un estado de pasmo permanente, obligándole a anotar constantes advertencias en su libreta, por si acaso el cúmulo de improbabilidades que desfila ante sus ojos es fruto de una alucinación paranoica y porrera. Finalmente, incluso el alucinado detective encuentra una antinatural complicidad con el rígido y temperamental teniente de policía (y actor aficionado) Christian “Bigfoot” Bjornsen, concluyendo en una extraña escena de comunión que quizás solo haya tenido lugar en la mente del protagonista.  

Si en la mineral 'The Master' Anderson parecía pedir a los espectadores una absoluta concentración de los sentidos, en 'Puro vicio' prefiere adherirse a la conciencia alterada de su protagonista para que tanto él como el público se vean superados por una trama desnortada y en última instancia absurda, donde todo cobra una importancia amplificada. Una sensación perfectamente destilada en la breve pero relampagueante aparición de Martin Short como un dentista vicioso, proveedor de una potente droga que embarca a cuatro personajes contrapuestos en un viaje en coche nocturno e histérico. O en el tiempo intensificado que posee el largo plano en que una Shasta completamente desnuda se desliza hasta tumbarse encima de “Doc”.

Si en la novela la prosa de Pynchon invita al lector a liberarse de la vana necesidad de atrapar los detalles de una investigación que no lleva a ninguna parte, el gozo de su adaptación fílmica pasa también por aquello que no circula en línea recta. Es necesario recrearse en la abundancia de primeros planos que estudian la historia de cada personaje; el romanticismo que el “Doc” Sportello de Joaquin Phoenix no logra sacudirse de encima por más sustancias que se meta, o la pena irascible que arrastra Josh Brolin en su encarnación de “Bigfoot”. Y asistir también al espectáculo que una combinación de colores fríos y cálidos dibuja en un rostro, y a transparencia que funde por un instante la cabellera de Joanna Newsom (narradora que entra y sale enigmáticamente de la diégesis del relato) con la primera y desenfocada aparición de Katherine Waterston como Shasta.

Finalmente, las imágenes de 'Puro vicio' parecen cantar a una belleza (o a una utopía) que existió, que fue real durante un segundo, pero que acaba desvaneciéndose. Como aquel momento en que “Doc” recuerda a Shasta pasando al lado de un descampado bajo la lluvia, en uno de los últimos días que pasaron juntos, para luego comprobar que ese mismo lugar está tomado ahora por un edificio infame. Una escena que parece trivial, pero que da el tono de una película tocada por la melancolía de quien asiste a la desaparición de un paisaje.

Notas

1. Aun así, la partitura compuesta por Jonny Greenwood en esta su tercera colaboración con Paul Thomas Anderson permite al guitarrista de Radiohead fantasear momentáneamente con el imaginario sonoro del Hollywood clásico.

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Thomas Pynchon, Paul Thomas Anderson

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