FIB 2016
Langosta

Langosta

7.0
Publicado el 13.11.15

Asimetrías

La cara y la cruz, en la última propuesta del griego Yorgos Lanthimos, cabe hallarlas en su mismo planteamiento. El director de ‘Canino’ urde esta vez una suerte de distopía en la que ser soltero, simplemente, no está contemplado. Y, para los que acceden a este estado al terminarse una relación, existen suntuosos complejos, hoteles de lujo, a los que eres enviado para intentar volver a emparejarte. La otra opción es convertirse en un animal. No revelaré más detalles de la trama, quizá ya he dicho más de la cuenta. Ya desde los primeros minutos del filme, cuando a David (Colin Farrell) le urgen para que decida, sin margen de duda, si su orientación es homosexual o heterosexual, Lanthimos nos introduce en un universo donde la asimetría de cualquier índole es perseguida y penalizada. La misma sensación transmite su implacable puesta en escena, que permanece serena e imperturbable incluso cuando los personajes tratan de tomar desvíos, ocultarse o escapar de los conglomerados normativos que los someten, tanto en la comodidad del hotel como a la intemperie, en el bosque. Tanto es así, que resultan en cierto modo conmovedores los momentos en los que descubrimos que en ese mundo extraño existió y sigue existiendo la cultura popular: al menos tenemos noticias de Nick Cave o de la película ‘Cuenta conmigo’.

El chiste envenenado y bizarro de Lanthimos puede atrapar más o menos en función de cuál haya sido nuestro historial con el sexo opuesto y con el loco mundo de la pareja; en función también de nuestro grado de cinismo y de si llevamos leyendo y dándole la razón a Houellebecq desde los tiempos de ‘Ampliación en el campo de batalla’, novela con la que la ficción del cineasta griego comparte temáticas e inquietudes e incluso una cierta mirada. Lo que ocurre es que, al rato, una vez que sabemos o intuimos todos los mimbres del dispositivo, esta sofisticada broma empieza a acusar el cansancio, a revelarse como lo que es, nada más y nada menos que una broma, un artefacto vitriólico. Sin embargo, el moralista retorcido y apesadumbrado que es Lanthimos se redime, y redime un tanto a sus personajes, en un tramo final en el que rompe una lanza, como Houellebecq, por hacer habitable este infierno cruel y asimétrico. Parafraseando los últimos versos del hermoso poema que da nombre a una de las novelas del escritor francés, “en el centro del tiempo / por los siglos de los siglos / descubrir la posibilidad de una isla”.

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