FIB 2016
Hijo de Saúl

Hijo de Saúl

4.0
Publicado el 17.01.16

Cuestión de foco

Qué es visible a la hora de representar el Holocausto, qué debe permanecer invisible, cuál es la distancia ética en términos cinematográficos ante un exterminio oculto a los ojos del mundo durante los años de la Segunda Guerra Mundial y del cuál (casi) no hay imágenes... Son preguntas que regresan de la mano de la propuesta estética del debutante László Nemes en ‘Hijo de Saúl’, que sigue al hombre del título (Géza Röhrig), Sonderkommando en Auschwitz, a lo largo de una noche en busca de un rabino que le ayude a enterrar a su hijo, a quien ha creído ver entre los cadáveres de la cámara de gas.

‘Hijo de Saúl’ intenta con fervor negociar con la legitimidad histórica de lo que cuenta (comenzando con optar por el 35 mílimetros y el formato cuadrado propio de la época, o recreando en la propia película cómo se capturó una de las cuatro fotografías supervivientes de las que George Didi-Huberman habla en Imágenes pese a todo: memoria visual del Holocausto), pero lo cierto es que hay varias cuestiones problemáticas con su planteamiento formal y todas están relacionadas con esa puesta en escena que prioriza tomas largas con la cámara pegada al cogote o al rostro de Saúl, dejando el resto del plano en una zona más o menos desenfocada que debería ser una suerte de limbo visual. Desafortunadamente, no lo es. Las tomas largas implican un esfuerzo coreográfico que apenas aparece completamente en la película pero que el espectador sí es capaz de ver porque Nemes se preocupa de manera poco sutil de traicionar su dispositivo cuando así considera oportuno.

No caigamos en descripciones perezosas, en ‘Hijo de Saúl’ sí se ven cuerpos, masa amontonada, ejecuciones, descuartizamientos y fragmentos de piel. Se ven cuando el protagonista se acerca a los cadáveres para recogerlos y llevarlos a crematorios y fosas comunes, se ven cuando Nemes decide cambiar el foco (y la distancia) para enseñárnoslos nada borrosos en la lejanía del plano. También cuando el director corta concienzudamente una de esas largas y atléticas tomas para mostrar un contraplano de un niño muerto. ‘Hijo de Saúl’ no es una película que deje fuera de campo (visual, porque el sonoro está exacerbado) el horror o que intente no traicionar a las imágenes supervivientes y a las que jamás pudieron existir por haber sido exterminadas durante la Shoah. Simplemente es ambigua con su foco y lo es aún más con su ingenio en el momento en que tiene que  justificar qué debe ser visible y qué no al espectador.

Es probablemente la subtrama carcelaria sobre un supuesto alzamiento de los Sonderkommando el asunto más espinoso del largometraje. No sólo porque impresiona la libertad de movimientos en el campo que el relato otorga el protagonista, sino el uso dramático que Nemes concede a todo ello: que Saúl pueda moverse por el laberinto de Auschwitz ayuda al cineasta a enseñarnos cómo era el campo por dentro, su estructura de poder y el mecanismo de la muerte en masa, y en ocasiones su manera de visualizar ese mapa de la industria mortífera se asemeja a un tour de plataformas, donde el personaje debe superar obstáculos y retos, con Saúl como inesperado guía para un público ávido por sentir la experiencia del horror. 

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