FIB 2016
Salón Súper 8

Megáfono: Salón Súper-8

Publicado el 14.11.14
por Álex Mendíbil
La Casa Encendida recupera este fin de semana joyas olvidadas del cine más pop y excéntrico en un formato casero efímero, el Súper-8. Invitamos a Álex Mendíbil, su comisario, a que nos introduzca en la experiencia de Salón Súper-8

Confesiones de un coleccionista de cine

 

“Para un aficionado al cine, coleccionar videos es como la marihuana. Los láser-discs son claramente cocaína. Las copias en cine [35mm] son la heroína. Te estás chutando caballo cuando empiezas a coleccionar copias en cine.” Esta frase la dijo Quentin Tarantino en una entrevista hace muchos años, ni siquiera existían los blu-rays —que siguiendo su analogía serían también cocaína— pero explicaba muy gráficamente la relación de un coleccionista de cine con sus películas y el nivel de adicción que provocan. A diferencia del coleccionista de música, que atesora el contenido musical en el soporte de su elección (ya sea vinilo, CD, o mp3) sin perder un ápice de la magnitud de la obra, compuesta expresamente para esos formatos, el coleccionista de cine no consigue jamás trasladar la totalidad de la experiencia del cine a sus dominios privados. Los últimos equipos de home-cinema se acercan bastante, pero siguen sin ser the real thing, siguen sin ser el chute definitivo de heroína, digamos que se quedan en coca de la buena. El cine está (o lo estaba hasta hace bien poco, al menos) pensado para verse en una sala con público y en pantalla grande. Y muchos añadiríamos: pensado para que un haz de luz proyecte una imagen en una sala oscura. Como explicaba hace poco el periodista Nick Pinkerton en la revista Film Comment, el cine, a diferencia de la música que puede manifestarse sin necesidad de un soporte de grabación, sólo tiene sentido una vez impreso en un soporte, históricamente la película de 35mm, y después proyectado en una sala. Por eso Pinkerton comparaba las proyecciones de cine en 35mm con la música en directo, la forma más pura, sin adulterar, de disfrutar de este arte. La idea del cine en vivo, de una experiencia única e irrepetible, ya que la luz nunca atraviesa el celuloide de la misma manera, ni siquiera la película física es la misma, puesto que se raya, se ensucia y pierde color. El cine proyectado es entonces un organismo que envejece porque está vivo.

No vamos a detenernos en acusar a los actuales soportes digitales de estar muertos, porque, siguiendo ese razonamiento, lo que nunca vivió no puede morir; los DCPs y los blu-rays serían en todo caso robots, replicantes inquietantemente perfectos. Vamos a hablar de otra especie muy distinta de soporte, uno que sí estuvo vivo durante un breve periodo de tiempo, y que algunos coleccionistas disfrutamos reanimando de vez en cuando, el Super-8, al que podríamos denominar con todo derecho un zombi cinematográfico.

En los primeros 70 el Super-8 (junto a su inmediato antecesor el Standard 8), además de popularizar definitivamente la creación de películas amateur, fue el banco de pruebas de ese oxímoron que es el “cine en casa”, al intentar reproducir a escala doméstica la experiencia cinematográfica de la sala oscura, con la película y la luz traspasando los 24 fotogramas por segundo. Hasta ese momento, la única manera de llevarse un trozo de cine a casa era comprar la banda sonora o —como hacían algunos fanáticos— grabar cintas casete (otra tecnología coetánea y revolucionaria) con el sonido de la película. Con el Super-8 las distribuidoras de cine encontraron la manera de volver a comercializar la película para el consumo privado, permitiéndole al fan poseer la película por primera vez, con todo lo que ello conlleva en sentido no sólo marketiniano, sino psicológico.

Se encontraron no obstante con una dificultad: una película de 90 minutos ocupaba casi cinco bobinas tamaño standard de Super-8, un objeto bastante aparatoso, además de la molestia de cambiar de bobina y detener la proyección cada 20 minutos como mucho. A alguien se le ocurrió la maravillosa idea de los resúmenes de películas, para que un largometraje no ocupara más de una bobina de 20 minutos, lo que hacía su comercio más manejable. Así, podías ver los grandes éxitos del momento, “La guerra de las galaxias”, “Tiburón” o “El padrino”, resumidos en menos de 20 minutos, “con las mejores escenas” como aseguraban algunas carátulas. Esta historia olvidada del cine doméstico necesita ser contada, ¿quién se ocupaba de remontar las películas? ¿Qué criterios seguían? ¿tenían total libertad o lo supervisaba el director? ¿Alguien lo sabe? Lo cierto es que algunas de estas reducciones son notablemente mejores que la película íntegra. Curiosamente, en otros mercados como el italiano o el español, era mucho más habitual encontrarse cajas y maletines con cuatro o cinco bobinas que contenían las películas íntegras. Tampoco se sabe exactamente por qué, aunque parece probado que muchas de esas copias eran piratas, y de sobra es conocida nuestra afición por el trapicheo, del que seríamos en este caso verdaderos pioneros.

Las tiendas de fotografía se ocupaban de distribuir y de alquilar estas películas en Super-8, anticipándose a los primeros videoclubs, y a parte de películas, se empezaron a ofrecer Super-8 con documentales, series de TV, partidos de fútbol y, cómo no, pornografía, que encontró una verdadera mina de explotación en forma de pequeñas cajitas con diez o quince minutos de sexo con una historieta muy básica. Sin llegar nunca a establecerse del todo (los proyectores eran caros y su manejo implicaba cierta destreza), el cine en Super-8 se hizo bastante popular, permitiendo los primeros cine-clubs caseros, las sesiones de cine en los colegios, las parroquias, o los bares. Le tocó además vivir una época de cine fascinante, ese periodo que observó el auge y caída del Nuevo Hollywood, la explosión de la serie B internacional, y los primeros intentos del actual cine escapista de efectos especiales, títulos que han quedado atrapados en estas pequeñas bobinas, algunos de ellos para siempre, ya que no conocerían posteriores formatos. La historia del Super-8 fue de todas formas un visto y no visto, la invasión del video en los 80 desterraría de un plumazo esta (pre)tecnología de cine en casa, convirtiéndola rápidamente en un anacronismo, y luego en un gadget de coleccionista.

En estos tiempos de remasterizaciones digitales y de lavados de imagen tan extremos que en ocasiones resultan tan antinaturales como esos vejestorios recauchutados que desean parecer modelos de 35 años, el cine en Super-8 muestra orgulloso los signos de la edad, las rayas, el grano grueso, los pelos y hasta los colores apagados. Son películas viejas y en muchos casos han envejecido mal (los materiales no estaban pensados para durar), pero son películas que aún conservan restos de vida, y cuando la luz del proyector pasa a través de ellas parecen resucitar para gritarnos —con su audio mono analógico— ¡aún funciono, mírame! Es indudablemente otra forma de disfrutar de un cine pasado de moda, con sus defectos y sus inconvenientes, pero con la magia insustituible del cine en vivo. Y si coleccionar copias en 35mm es como la heroína, coleccionar Super-8 tiene que ser algo mucho más lúdico y pop: un tripi chiquitito y sabrosón.

Salón Súper-8 tendrá lugar el sábado 15 y el domingo 16 de noviembre en La Casa Encendida. Más información, aquí



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