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Error de casting: Charlie y la fábrica de chocolate

Error de casting: Charlie y la fábrica de chocolate

Publicado el 15.05.12
por María Adell

En 2005, el mismo año que se estrenaba ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, el mítico programa de Paramount Comedy “La hora chanante” (que más tarde se convertiría en “Muchachada Nui”) dedicó uno de sus Testimonios a Tim Burton. El sketch parodiaba, en menos de cuatro minutos, y con un humor aparentemente poco sofisticado y más bien cafre (uno de los hits era aquello de “todo esto a mí me viene porque era un chiquillo más bien ‘feete’, muy ‘enratonao’, no se me veía limpio”), los tópicos y lugares comunes asociados al cineasta de Burbank: su condición de “autor”, poseedor de una mirada personal y única; su interés por el fantástico y los personajes oscuros y excéntricos; sus reiteradas colaboraciones con el compositor de las bandas sonoras de sus películas, Danny Elfman, o la tendencia a plasmar en pantalla complejos universos cerrados, diseñados e imaginados por él mismo (disfrazado de Burton, el cómico Joaquín Reyes señalaba diversas localizaciones reales y gritaba, entusiasmado: “Todo esto, ‘¡atrezaó!’...Y esto, también, ‘¡atrezaó!’”).


Sin embargo, uno de los mejores momentos del vídeo, y tal vez uno de los que más exactamente condensan lo que es la principal característica pero también una de las mayores debilidades de la filmografía burtoniana, es cuando Reyes afirma: “Todo lo que hago lleva mi sello, el sello Tim Burton”. En efecto, basta con un simple vistazo (un par de segundos de cualquiera de sus películas o cortometrajes, una mirada rápida a alguna de sus ilustraciones o dibujos) para saber quien es el autor de todas estas obras. En un principio, la impronta autoral permite reconocer a aquellos cineastas con un universo propio, capaces de construir, como Burton al inicio de su carrera (de ‘Bitelchús’ a ‘Mars Attacks’!, pasando por su obra maestra, ‘Ed Wood’), una filmografía enteramente personal en el encorsetado entorno de la industria cinematográfica.

No obstante, y tras dos décadas de carrera, quince películas, varios cortometrajes, un libro y una exposición multitudinaria en el MOMA de Nueva York, entre muchas otras cosas, el “sello Burton” comienza a parecer una franquicia, una fórmula explotada y agotada por su propio creador. El trailer de su última obra, ‘Sombras tenebrosas’, es tan Tim Burton que podría ser una parodia de sí mismo: la promo de una película que un alumno aventajado podría haber dirigido calcando al maestro y, de paso, tomando prestado algunos de sus actores fetiche. En definitiva, en los últimos tiempos, tras ‘Alicia en el país de las maravillas’, ‘La novia cadáver’, ‘Big Fish’ o ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, no puedo evitar pensar en Burton como un cineasta embriagado por su propio estilo, enamorado, como un Narciso con el peinado de Robert Smith (otra víctima de un mítico, y cruel, Celebrities de “Muchachada Nui”), de su reflejo en la pantalla.


FANTASTIC MR. DAHL

¿Por qué, entonces, si pienso que Burton no acierta (del todo) desde hace más de una década, he elegido ‘Charlie y la fábrica de chocolate’ como su “Error de casting” más aplastante?. La elección evidente era, como ya supondréis, ‘El planeta de los simios’, pero la descarté precisamente por eso, por su obviedad (siempre he pensado que lo de colocar a su mujer, Helena Bonham Carter, una máscara de mono era parte de un retorcido plan de venganza conyugal); y porque, desde el inicio, queda patente que es un filme de encargo que Burton despacha rutinariamente. La auténtica razón, la más relevante desde mi punto de vista, es la decepción que supuso que una colaboración tan esperada como la de Burton con Roald Dahl no llegara a buen puerto. Cuando se anunció que el director iba a adaptar el famoso libro infantil del escritor británico, la reacción inmediata, al menos en mi caso, fue “¿por qué no lo ha hecho antes?”. La inventiva, originalidad y el tono oscuro, casi terrorífico, que Dahl imprimía a sus historias (recuerdo “La maldición de las brujas” como una de las lecturas más aterradoras de mi infancia), así como la descripción de unos personajes infantiles complejos enfrentados a un mundo adulto, en general, cruel, se ajustaban como un guante al imaginario y temática de la filmografía burtoniana.

Roald Dahl es conocido, popularmente, por sus novelas juveniles, muchas de ellas adaptadas al cine, con mayor (‘James y el melocotón gigante, ‘Fantastic Mr. Fox’ o ‘La maldición de las brujas’, un estimable filme de, ¡atención!, Nicolas Roeg con una enorme Anjelica Huston en un papel pre-Morticia Adams) o menor (‘Matilda) suerte. Su vertiente como escritor de libros para adultos ha pasado, lamentablemente, algo más desapercibida: sus historias cortas, sobre todo las reunidas en la imprescindible “Relatos de lo inesperado”, destacan, entre otras cosas, por su humor negro, que raya en la crueldad, y el imaginativo modo en el que lo fantástico, lo extraordinario, se cuela en la cotidianeidad. Pura esencia burtoniana, al menos aquella que se asoma en ‘Bitelchús’, o en ‘Eduardo Manostijeras’.

En ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, sin embargo, la imaginación deja paso a la grandilocuencia, y el humor negro deriva en mensaje aleccionador. En el momento en que entran en la fábrica del excéntrico creador de golosinas Willy Wonka, Charlie y el resto de niños son engullidos por el decorado, convirtiéndose en una suerte de figuras unidimensionales, como marionetas de papel en un teatrillo en el que se suceden fondos cada vez más espectaculares. En ocasiones (‘Charlie’, ‘Alicia, ‘Sweeney Todd’), Burton parece olvidarse que la dirección de arte, por muy expresiva y personal que sea, debería ser un medio para crear una atmósfera, o ayudar a contar una determinada historia, y no un fin en sí misma. Por otro lado, la conocida inclinación del director por la animación stop-motion (en la exposición del MOMA se explicaba que, al no poder animar a los marcianos de ‘Mars Attacks! de ese modo por ser demasiado caro, Burton hizo que sus movimientos reprodujeran el característico aspecto entrecortado de esta técnica) y los efectos especiales de vieja escuela (sólo hay que echar un vistazo a las maravillosas criaturas de ‘Bitelchús) es sustituido aquí por un derroche de pirotecnia digital que presenta, en algunas secuencias (como la del ascensor), cierta torpeza en su ejecución final.

Aunque, tal vez, una de las cosas que más me molesta de la adaptación de Burton es la sustitución del protagonismo de los niños, en especial Charlie, por la del excéntrico adulto-niño Willy Wonka, interpretado, como no podía ser de otro modo, por un caricaturesco Johnny Depp, quien, en cada una de sus colaboraciones con Burton (y van nueve), parece dar rienda suelta a su tendencia al disfraz y la ocultación. Aunque en la novela de Dahl, Wonka ya era un personaje fascinante, el director subraya su importancia en el filme colocando el rostro de Depp casi en cada plano, en plena efervescencia gestual. La lógica del star-system, por lo tanto, desplaza las reglas internas de la novela juvenil, en la que el niño, o el adolescente, es, siempre, el héroe. A pesar de su premeditada, y aparente, transgresión, ‘Charlie y la fábrica de chocolate’ es un filme familiar con clara vocación comercial y, lo que es peor, con nulo sentido del humor. Y no, las risas involuntarias que provocan los raquíticos números musicales protagonizados por los Oompa Loompa no cuentan.

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