FIB 2016
Crónica  Festival Internacional de Cine de Rotterdam (2)

Crónica Festival Internacional de Cine de Rotterdam (2)

Publicado el 05.02.13
Europa
por Natalia Marín

Leer primera parte


Termina la cuarenta y dos edición del Festival  Internacional de cine de Rotterdam con una agradable sorpresa: el premio Fipresci para ‘El quinto evangelio de Gaspar Hauser’, el inclasificable experimento del debutante Alberto Gracia. Los tres Tigres de Oro han sido para trabajos de marcada voluntad política:  la austríaca ‘Soldier  Jane’, la checa ‘My dog killer’ y la iraní ‘Fat shaker’.  ‘Soldier Jeaneya la anticipamos como una de nuestras favoritas aunque resulte algo fallida en su innecesario epílogo, más propio del thriller que del desasosegante drama de su propuesta. Su director, Daniel Hoesl, sale airoso del bajo presupuesto desarrollando potentes soluciones estéticas y narrativas combinadas, con sarcasmo, con música tecno y canciones tradicionales austríacas. La ópera prima de Mira Fornay indaga en las raíces de la xenofobia que repunta en Europa: ‘My dog killer’ es la historia de un “nazi sin causa” situada en la frontera de Eslovaquia con Moravia. Interpretada por actores autóctonos, no profesionales, el film sintoniza a la perfección con el paisaje de marginalidad rural y los rostros casi primitivos que desfilan por el cine de Bruno Dumont. Por último, ‘Fat shaker’ del artista iraní Mohammad Shirvani se constituye como un film extraordinario que aborda, con tintes surrealistas, el drama de un país y de una familia desesperada por conseguir dinero.


Esta depresión poliédrica que asola Europa encuentra su reverso humorístico en una de las películas de la sección Bright Future: ‘Rengaine’. La ganadora del premio Fipresci en la pasada edición de la Quincena de Realizadores de Cannes aborda el sinsentido del conflicto multirracial francés al modo de los Capuletos y Montescos de la tragedia de Shakespeare.  Y en clave más poética, ‘Silent Ones’ y ‘L’enclos du temps’. La primera, film holandés que emula las atmósferas del cine del ruso Andrei Zvyagintsev (‘El regreso’), un viaje ensimismado en un barco mercantil que rodea el continente con la misma tristeza con la que el tren de Lars Von Trier atravesaba ‘Europa’. La segunda, un fascinante experimento que forma parte de la serie de ocho películas que el director italiano Jean- Charles Fitoussi ha filmado sobre las raíces de la mitología europea.

A punto estuvo ‘Blancanieves’ de Pablo Berger de alzarse con el Premio del Público siendo una de las películas más valoradas durante todo el festival, pero fueron los dramas ‘Mattherhorn’ y ‘Wadjda’ quienes conquistaron el galardón. Este último, de corte político, ofrece una dura mirada sobre la realidad de una adolescente en Arabia Saudí. Parece claro que el largometraje activista es aquel que gozó de mayor consenso entre los asistentes al festival. Así, destacamos uno de los documentales más celebrados de la edición, ‘My stolen revolution’, la personal mirada de la realizadora Nahid Saverstani sobre la Revolución Iraní de 1979. Un impactante relato autobiográfico que reconstruye el movimiento a través de los amargos testimonios de amigos y familiares.

Del buen estado del documental de creación daban cuenta los recientes trabajos del colectivo The Otolith Group con ‘The radiant’ (sobre los devastadores efectos de la liberación de radiación tras el desastre de la central nuclear de Fukushima) y del director Kevin Jerome Everson con ‘The island of St. Mattehws’. Everson, quién también recoge las consecuencias de una tragedia del pasado, maneja los elementos habituales de su cine: la soterrada historia de la clase obrera afroamericana, su cultura y su tradición espiritual. Rodada en 16mm, ‘The island of St. Matthews’ combina entrevistas con dilatadísimos planos fijos observacionales. ‘Big boy’, el debut del artista visual Shireen Seno, constituye otro apasionado documento sobre la memoria de un país, en este caso Filipinas, a través de las imágenes en Súper-8 de una familia que vive con la obsesión del sueño americano como mejor forma de vida.


A medio camino entre el documental y la ficción, los nuevos trabajos de los mexicanos –viejos conocidos del Festival- Enrique Rivero y Pedro González-Rubio vinieron a confirmar el talento de ambos directores. ‘Mai morire’ de Rivero sigue la línea minimalista de ‘Parque vía’ anclada, esta vez, en lo rural. Más poética que su anterior, ‘Mai morire’ es un emotivo diálogo de contrarios entre tradición y vida moderna. ‘Inori’ de González Rubio nace de la invitación de la cineasta Naomi Kawase cuya única premisa era la de localizar el film en su ciudad natal, Nara, antigua capital de Japón. Prolongando la arrebatadora belleza con la que González-Rubio captaba la naturaleza en ‘Alamar’ , ‘Inori’ observa la soledad de un pueblo abocado a su desaparición por la falta de trabajo.


Entre las vastísimas recopilaciones temáticas y el ciclo en torno al cine iraní y resto de filmografías homenajeadas, destaca la compilación portuguesa ‘Centro histórico’ que reúne a los indiscutibles Pedro Costa, Aki Kaurismäki, Manuel de Oliveira y Víctor Erice. Cuatro cortometrajes que giran en torno a la ciudad portuguesa Guimaraes (Capital Europea de la Cultura en 2012) de resultado desigual, como casi toda obra capitular, de no ser por la conmovedora pieza del director español. El cortometraje, en sintonía con la temática del festival, recoge los testimonios de los trabajadores de una longeva fábrica textil, ahora cerrada, y describe con acierto los efectos de la crisis que asola Europa (la pérdida de valores y la dignidad laboral) y se interroga sobre si cabe tener esperanza en el futuro. Temas que atraviesan algunos de los mejores cortometrajes de la sección competitiva: ‘Unsupported transit’ de Zachary Formwalt y ‘Workers leaving the factory’ (brillante enésima revisitación de la obra de los hermanos Lumière) de Katharina Gruzei son dos trabajos críticos que apuntan al debacle capitalista. 

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