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Grandes discursos del cine

Publicado el 22.06.12
por Numerocero

Si algo perdura en ‘Red state’ es inevitablemente el monólogo homófobo de más de 17 minutos del reverendo Abin Cooper. Michael Sparks hace gala de sus dotes como actor con este decálogo del conservadurismo americano. Tal discurso rompe con decisión la narración, inicia dentro del film una brutal escalada de violencia y confirma el don de la palabra de aquel que en su día firmara las verborreicas ‘Clerks’ y ‘Mallrats’. La osadía de Kevin Smith nos ha hecho recordar algunos de los grandes discursos del cine reciente. En la memoria cinéfila, indelebles, permanecen muchos otros: del humanismo de ‘El gran dictador' a Mankiewicz  y Kubrick, de la belleza de Wenders  a la desesperanza que encontrábamos en Mamet o ‘Blade runner.

 

‘Confessions’ (Tetsuya Nakashima, 2010)

La película japonesa más taquillera de 2010 resulta, en su conjunto, irregular y excesiva por la explotación de los elementos pop que adornan la narración. ‘Confessions’ aborda el tema del bulling escolar pero queda sepultado entre golpes de efecto y canciones de Radiohead. El mayor acierto de Tetsuya Nakashima, un director que versa todo su cine en la crudeza de la etapa infantil, será la presentación de la trama: un larguísimo monólogo de la profesora de primaria. La brutalidad in crescendo de su relato y sus ansias de venganza darán un sangriento resultado.

 

‘Misfits’ (Howard Overman, 2009)

La televisión británica se ha desmarcado en los últimos años con las producciones más arriesgadas y sugerentes del panorama catódico internacional. ‘Misfits’ y ‘Black Mirror’ han dado buena cuenta de ello. El discurso final de ’15 Million merits’, aunque notable, se queda algo descafeinado para entrar en la lista.  Es el mitín de Nathan como broche de la primera temporada (redonda), el que ha permanecido en nuestra memoria cinéfila. Por irreverente, sincero, profundo y frívolo.

 

‘No es país para viejos’ (Joel Coen, Ethan Coen, 2007)

El cine de la última década de los Coen es ecléctico e irregular aunque intachablemente sólido. Todas estas películas parecen pivotar sobre un mismo tema: una sociedad cada vez más violenta y para cada una, los hermanos han elegido un género. Un cine de tesis que explota en bellos finales ya sea como el inmenso plano que cierra ‘Valor de ley’ o el monólogo final de ‘No es país para viejos’. En él, Tommy Lee Jones habla de la muerte aterrorizado, incapaz de comprender el sinsentido de la violencia y la crueldad vividas.

 

Old Joy’ (Kelly Reichardt, 2006)

El paso del tiempo, los caminos de la madurez y la imposibilidad de la amistad perdurable son los temas de esta pieza clave del cine contemporaneo. Wild Oldham y Daniel London, dos viejos amigos que apenas se ven, pasan un fin de semana en las montañas de Oregón. A pesar de la intensidad de la conversación junto al fuego de la primera noche, la historia que cuenta Oldham en las termas copa toda la atención del film. La historia de tan nimia y corriente toma una colosal dimensión: El dolor no es nada una vez que se acaba la alegría, amigo.

  

‘Amigos y vecinos’ (Neil Labute, 1998)

Después vendría Mike Nichols ha estilizar la idea, pero antes la mano viperina de Labute ya había hablado del desencanto de la madurez teniendo como tema el sexo.  Esta comedia negra hablaba de seis neoyorkinos en plena crisis existencial. Uno de ellos, el interpretado por Jason Patrick, el más seguro, frívolo y quizá menos complejo de los personajes, da fin a la película con un discurso helador. Un monólogo en la intimidad de una sauna, rodeado de sus fieles amigos en los que rememora una historia del pasado: el mejor polvo de su vida. Un terrorífico relato en el que pasa de la violación al amor destapando una frustrada vida.

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