Levanta del sofá y acércate a la estantería. Toma un libro. Piensa: alguien lo escribe, alguien decide publicarlo. Dependiendo de los medios de este último, alguien ilustra la portada, alguien lo maqueta, otro lo corrige, se envía a imprenta. ¿Sumas? El destino del libro se bifurca ahí, antes de irrumpir en librerías: las cajas se envían a la distribuidora o a la sede de la editorial. ¿Un comercial convencerá al librero de la necesidad de ofrecerlo a sus clientes, o el editor asumirá —también— esta responsabilidad? El precio de un libro se define igual que la composición química de un producto: depende de varios elementos fragmentados en otros tantos. Con el porcentaje que corresponde al editor, en torno a un 45-40% —casi siempre algo menos de la mitad del precio que pagas—, amortiza gastos y prepara el título siguiente.
Muchos nuevos editores apuestan por nuevos modelos: pequeños sellos que prescinden de distribuidora y abren su bandeja de entrada, contactan con la librería, ofrecen su catálogo. Un modus operandi que uno comprende para géneros de riesgo, véase la poesía, pero que también se practica con nichos más comerciales, como la novela romántica. José de la Rosa, de La Máquina China, explica que se autodistribuyen “porque, al plantear un modelo de negocio en formato pequeño, los
costes lo hacían inviable”. Marcus Versus, de Ya lo dijo Casimiro Parker, puntualiza que no han prescindido de una distribuidora, “
sino que hemos creado una. El concepto es totalmente distinto. Sabemos lo importante que es llevar los libros a las librerías y hemos elegido el camino que se acerca más a la meta: pocas editoriales independientes (con un distribuidor convencional) tienen su catálogo completo en más de setenta puntos. No me gustan las distribuidoras convencionales y no trabajar con ellas es actuar en consecuencia. Se puede vivir dentro de este sector rebelándonos contra un sistema diseñado por grandes empresas, muy alejadas de lo que somos nosotros”.

El editor asume el papel de hombre —o mujer— orquesta. Desde ¡Caramba! enumeran sus funciones: “seleccionamos los títulos, tratamos con los autores, maquetamos los libros, trabajamos con la imprenta… y una vez impreso cada título comenzamos su campaña de promoción, venta y distribución”. Y en Honolulu Books valoran de esta práctica que “
tú eres tu propio comercial. Si caes bien al librero, te ganas un prescriptor y copromotor de tus libros. Eso es posible solo cuando publicas una tirada muy pequeña. Es muchísimo curro, pero puede ser divertido”. En este sentido, la búsqueda de librerías amigas se revela fundamental: un librero dispuesto a abrir una cuenta aparte de las grandes distribuidoras solo para unos pocos ejemplares, a reservar un espacio en la mesa de novedades compitiendo con los best sellers y las nuevas colecciones ya canónicas… En La Máquina China asumieron que no todas las librerías aceptarían su decisión de “pasar
del modelo editorial-distribuidora-cliente final al modelo editorial-cliente final
”. “
Solo trabajamos con librerías”, continúan, “cuando el título alcanza un cierto éxito y se interesan en tenerlo. Lo curioso es que cada vez trabajamos con más, a pesar de no ser esta nuestra intención inicial”.
Esto acarrea, también, un replanteamiento de los métodos de promoción.
El protagonismo recae en internet, los blogs y —sobre todo— las redes sociales, que permiten a estas cuatro editoriales que el librero de la más remota localidad conozca su existencia y método de trabajo, pero también que el lector sin librero —cómplice o no— acceda a sus publicaciones. José de la Rosa subraya ese trato que “te permite saber más sobre el público: puedes preguntarles qué les gusta y qué no, tener un control más directo”. Un control que permite a ¡Caramba!, por ejemplo, compartir con sus autores una hoja de ventas en actualización permanente, entre otras revoluciones: “
hemos apostado por un sistema diferente de pago al autor: en lugar del habitual 10% sobre el PVP, ofrecemos un 50% de los beneficios tras cubrir la inversión que hacemos en la impresión”
.

“No sé cómo lo hacían antes”, se pregunta Marcus Versus, “pero me parece imposible. Con la venta online tenemos una librería en cada casa”.
Ahí encontramos el quid de la cuestión: una editorial se autodistribuye no solo por filosofía, como indican desde Ya lo dijo Casimiro Parker o Honolulu
—“llamamos o escribimos a las librerías, les visitamos, y si-solo-si hay buen rollo les dejamos a nuestro pequeños”—, sino porque permite ganar algo más en un mundo de porcentajes ajustados.
“La venta directa a través de nuestra web es fundamental”, nos cuentan los responsables de ¡Caramba!, “ya que es de donde mayor margen de beneficios obtenemos”.
Se incorpora a procesos como el castizo antecedente del crowdfunding, la suscripción, que funciona —y bien— desde tiempos inmemoriales en el ámbito editorial. Otra propuesta es la de la venta anticipada, que practican La Máquina China o ¡Caramba! “En
noviembre pusimos en preventa 'Let's Pacheco! Una semana en familia'. La gente pudo comprarlo un mes antes de que saliera de imprenta a cambio de recibir junto con su ejemplar una lámina firmada por sus autoras, una oferta exclusiva para quien lo comprase durante ese periodo de tiempo. Fue un éxito, ya que prácticamente amortizamos el coste de la imprenta con todas las compras que llegaron durante la preventa”.
Cuestión de actitud o cuestión de números, editoriales como ¡Caramba!, El Gaviero, Honolulu, La Máquina China, En Huida o Ya lo dijo Casimiro Parker han apostado por acotar un espacio indie dentro de la mismísima independencia. ¿O no? En Honolulu lo tienen claro: “a
lguna gente piensa que ser indie es hacerte fotos estilosas con tus Rayban por el Primavera Sound. Hay mucho de eso, mucha cáscara. No nos gusta declararnos como independientes: somos una editorial de guerrilla. Estamos solas (somos dos las que hacemos casi todo) pero nos podemos mover con pasos cortos y agilidad. Y solas es como sacamos esto adelante, inspiradas más en los fanzines y en las autopublicaciones que en la denominada edición independiente”. Ellos lo guisan, tú te lo comes.
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