Ensimismado frente a la página en blanco, golpeando con furia el teclado o blandiendo la pluma cautivado por las musas: los tópicos aliñan la literatura y, sin embargo, el día a día de un escritor —al margen de esas fechas que Wikipedia resaltará en negrita— lo jalonan peripecias a ras de suelo, que incluyen pagar la conexión a internet para buscarse en Google, o limpiar el polvo de la balda de los libros declarados a CEDRO.
¿De qué vive un escritor? ¿Qué le permite cumplir con el alquiler o la hipoteca, llenar el carrito del supermercado? Rentistas aparte, cuesta alcanzar el equilibrio entre el tiempo del arte y el tiempo de la manutención. ¿Debe un escritor subsistir con un empleo ajeno a la literatura, o merece la pena arriesgarse y apostar?
Un escritor en la oficina del INEM
Aquellos que contenten de forma más solícita los deseos paternos se acogerán a la comodidad de un trabajo fijo. Las oposiciones y la docencia, con su nómina bendita, se llevan la palma: profesores de enseñanza secundaria, sobre todo; también algún maestro de infantil, también muchos docentes universitarios, bicéfalos entre la investigación y la creación pura. Annie Ernaux aludió en ‘El lugar’ a su transformación burguesa merced a su salto entre el origen campesino de su familia y su puesto como profesora de instituto. De esa
nouvelle
rescatamos una imagen hermosa: cuando la autora/protagonista descubre en la cartera de su padre, tras su entierro, un recorte con la lista que certifica su debut en el mundo laboral. No solo, sin embargo: al publicar ‘Nocilla Dream’, todos los artículos sobre Agustín Fernández Mallo subrayaban su trabajo como físico.
La opción romántica obliga a intentarlo con los alrededores de la literatura: escritores que traducen o prologan o corrigen o reseñan o venden los libros ajenos, o imparten talleres, o dictan conferencias, o colaboran en medios, y suman de aquí y allá, y se agobian cada tres meses con el IVA, y jamás obtendrán derecho a paro, y que escucharán qué bonito en la oficina del INEM, sin más.
Si contemplan los premios literarios para redondear el mes, tomen aire y conciencia. El mercado de los pequeños y medianos lo copan los expertos en vencer en unos juegos florales de 300 y rascar alguno con alguna cifra más, y los grandes esconden una doble trampa, o no solo: el ganador debe rendir cuentas a Hacienda cediéndole un jugoso porcentaje, y en muchas ocasiones aquellos de relumbrón incorporan al montante el adelanto, los derechos de autor de todo tipo, las traducciones e —incluso— todas estas ganancias aplicadas al libro o libros posteriores.
La sustancia de una biografía se torna jugosa con un oficio pintoresco en el currículo. Sin extremos, o sí con ellos, en este perfil se centra ‘Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores’, un exquisito libro de Daria Galateria publicado por Impedimenta, y en el que se desciende al infierno de las facturas pagadas. ¿Imaginan firmar la recepción de una carta certificada a Charles Bukowski? ¿Comprar el pan a Maxim Gorki? ¿Pedir un extracto bancario al joven T. S. Eliot, o confiar sus ahorros a Wallace Stevens? ¿Les extraña que Georges Perec se ganara la vida como documentalista? Esta profesora italiana desgrana anécdotas con una intención sana y necesaria: desacralizar el pan ganado.
En España, por supuesto, nos sobran los ejemplos; citemos la divertida nota biográfica del narrador —y traductor, y crítico, y librero— Juan Sebastián Cárdenas, que especifica que ha ejercido toda clase de oficios (camarero, librero, aparcacoches, dependiente de una conocida cadena de tiendas…), o a Vicente Gallego, quien al obtener en 2001 el Premio Loewe de Poesía padeció titulares como Un poeta en el basurero (en El País) o La poesía que surgió del vertedero (en El Mundo). Este último reportaje enumeraba sus oficios: gogó de discoteca, guardia de seguridad, podador de pinos, despachante de aduanas, repartidor… hasta el actual, trabajador de la empresa municipal de limpieza. Gallego ya sumaba en ese momento galardones como el Rey Juan Carlos o el Ciudad de Melilla, pero su modo de ganarse la vida eclipsó la noticia y le llevó, incluso, a rechazar una entrevista —la basura vende— con la Oprah española.
El penoso glamour del dandy
Una vez escogido el camino toca apuntar gastos y ganancias y centrarse en el malabarismo. El ejemplo más divertido lo narra Francis Scott Fitzgerald en 'Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año', un librito recién editado por Gallo Nero, y que recoge tres artículos divertidísimos sobre sus avatares con las cuentas: uno con ese título, otro llamado ‘Cómo sobrevivir con casi nada al año’, y un análisis riguroso —pero no menos interesante— a cargo de un profesor de Derecho, ‘La declaración de la renta de F. Scott Fitzgerald’.
Scott y Zelda necesitan sus fiestas, claro, y sus trajes caros, y sus joyas, y viven en un hotel o en una mansión con servicio, y deben atender a su hija, y salir al teatro y viajar, y a veces él escribe y cuenta su futuro según los guiones que le encargan, los relatos que sueña con publicar o las previsiones de éxito de sus obras de teatro. Nada se cumple, y en el primer texto —el segundo, más paródico, se refiere al intento de salir adelante en Francia, que les han pintado tan chic como barata— nos tronchamos con el dinero que se esfuma como por arte de magia, para susto del matrimonio y su vecina, o con los esfuerzos por ahorrar o —al menos— calcular sus necesidades, y de los que jamás obtendrán fruto.
Con ficción o con realidad, con ironía o con resignación, 'Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año' habla de encajes de bolillos para combinar reclamaciones básicas del cuerpo del escritor —su alma, si la mezclamos con el dinero, no existe—, y habla sobre dietas equilibradas a base de aire y literatura, y cuenta una verdad: a ese escritor al que admiras también le ruge el estómago.

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