David Koresh, el mesías del rock

David Koresh, el mesías del rock

Los reglones torcidos del rock (III)

Publicado el 05.07.12
por David Bizarro
@Davidbizarro

En 1993 un completo desconocido irrumpía en las oficinas de una multinacional con la intención de firmar un jugoso contrato discográfico. Su carta de presentación era una roñosa cascon un nombre garabateado a rotulador: David Koresh. El A&R creyó que aquel tipo debía de estar bromeando cuando le preguntó si les interesaba ficharlo para su sello. “Solo si se levanta de entre los muertos y se compromete a hacer una gira de promoción”, le contestó. A Clive Doyle, uno de los supervivientes de la tragedia de Waco, aquello no le hizo ninguna gracia. Fulminó al ejecutivo con la mirada y se volvió por donde había venido.

No era la primera vez que la industria musical rechazaba a Koresh. De hecho, su carrera se vio frustrada desde sus inicios como líder de la banda de rock cristiano Messiah. El malogrado humorista norteamericano Bill Hicks dio en el clavo al señalar que Vernon Wayne Howell no era precisamente el nombre adecuado para ejercer de Hijo de Dios. Tal vez por eso, nuestro hombre adoptó una nueva identidad, inspirado por la profética lectura del Libro de Isaías. Con su nuevo alias, David Koresh, pretendió evocar a los reyes bíblicos David y Cirio, para desembarazarse del sambenito que le habían colgado años atrás en su Houston natal. ¿Cómo culparle por intentar reconciliarse con una infancia llena de abusos, burlas y humillaciones? Durante su adolescencia nunca había destacado en nada y en el instituto todo el mundo lo conocía como “Mister Retardo”. Sus esfuerzos por memorizar pasajes enteros de la Biblia no consiguieron impresionar a nadie; ni tan siquiera a sus profesores, que lo tenían por una nulidad absoluta.

Pero en su foro interno, el joven Vernon se sabía predestinado a grandes hazañas. Lo primero que hizo fue buscar consuelo entre la comunidad baptista local, la Iglesia Adventista del Séptimo Día, de donde lo expulsaron por entablar conocimiento carnal con la hija menor de edad del reverendo. Así fue como se mudó a Waco en 1981 con el rabo entre las piernas, para prosperar en el seno una secta rural del medio oeste de Texas conocida como Los Davidianos. Su ascensión dentro del escalafón fue meteórica, hasta el punto de ser reconocido como “El Elegido” y dar el braguetazo con la hija del líder de la congregación. Por fin el destino parecía sonreírle y, con el Señor de su lado, sus metas eran cada vez más elevadas.

 

PALABRA DE ROCK; TE ALABAMOS, SEÑOR 

Koresh se erigió como la reencarnación de Cristo en la Tierra y reunió a su alrededor un nutrido grupo de devotos, entre los que se encontraban varias familias británicas que lo habían abandonado todo para seguirle hasta su retiro espiritual del rancho de Monte Carmelo, a las afueras de Waco. Antes de que tomase las riendas de la comunidad, la vocación de sus feligreses había sido esencialmente pacifista. Pero tras su llegada se introdujeron cambios radicales en la doctrina de la secta.

La reinterpretación que Koresh hacía de la Biblia se regía por los severos cánones del Antiguo Testamento y daba pie a una serie de interminables sermones en los que introducía versículos de su propia cosecha sobre el deber divino de prepararse para la contienda. Por deseo expreso de su nuevo mesías, los davidianos destinaron más de 250.000 dólares para abastecerse de armas semiautomáticas y dedicaron buena parte de su tiempo libre a prácticas de tiro al blanco y simulacros bélicos con munición real. 

Pero quienes le trataron en vida coinciden en que Koresh siempre soñó con ser una estrella del rock y obligaba a sus fieles a asistir a sus exhibiciones como guitar hero, en un salón de actos decorado con pósters de Megadeth y Ted Nugent. De vez en cuando actuaba en algún tugurio de Waco en compañía de dos de sus más fervientes seguidores, David Thibodeau y Mark Breault. Este último se encargaría de denunciar sus delirios de grandeza en Inside the Cult, sus memorias sobre los acontecimientos que desataron el Apocalipsis el 19 de abril de 1993.

Según Breault, la verdadera motivación de Koresh siempre fue el sexo. Además, se reservaba el derecho de pernada entre la parroquía femenina, vetando las relaciones sexuales entre sus acólitos a fin de tener más donde elegir. Siempre le gustaron jovencitas y en su apogeo polígamo llegó a engendrar hasta catorce hijos, la mayor parte con adeptas menores de dieciséis años. Mientras sus correligionarios se mortificaban y ayunaban, Koresh no se privaba de ningún capricho y disponía libremente de los fondos de la iglesia para financiar sus veleidades artísticas. Junto al arsenal ilegal puesto a disposición de su Dios vengador, atesoraba una envidiable colección de guitarras. Sus favoritas eran un par de Jackson blancas, a imagen y semejanza de las empleadas por dos de sus ídolos, Dave Mustaine y Marty Friedman.



LOS CAMINOS DEL ROCK SON INESCRUTABLES

A su manera, Koresh dotó de nuevo significado a la provocadora sentencia de Gene Simmons, vocalista de Kiss: “¿Yo Dios? No, solamente soy su mano derecha”. Para él, la música era una eficaz herramienta de proselitismo y a menudo la empleaba como pretexto de reclutamiento. “¿Cuántos sermones has escuchado? Muchos. ¿Y de cuántos te acuerdas? De ninguno, ¿verdad? ¿De cuántas canciones te sabes la letra? De un montón, ¿no? Por eso Dios tiene un plan: quiere hablarle al mundo a través de la música. Por eso estoy yo aquí”. 

Un mensaje de espiritualidad que quedaba empañado por su voraz apetito sexual. Porque, no nos engañemos, en el rock se está para mojar y su grupo, Messiah, se antojaba el medio perfecto para ello. Como Peret o Little Richard, ansiaba esparcir su semilla ante nuevos auditorios. Pero a pesar de poner todo su empeño en autorrealizarse, la escasa repercusión de sus bolos se convirtió en un obstáculo insalvable. Después de un frustrado intento por actuar en un recinto para 5.000 almas, se mudó a Los Angeles para probar suerte durante una temporada.

Steve Schneider, quien fue su mano derecha hasta el final y jugó un papel determinante en las tensas negociaciones con el FBI durante el asedio, se encargaba de las gestiones de Cyrus Productions, una empresa de management dedicada en exclusiva al propio Koresh y bautizada en honor de su primogénito. Lo primero que hizo Schneider fue poner anuncios en la prensa buscando un nuevo cantante para la banda. El único requisito indispensable era que no eclipsase al verdadero frontman sobre el escenario. Ni que decir tiene que todas las audiciones acabaron en fracaso.

 

Koresh no estaba dispuesto a resignarse al papel de eterno segundón en su propia banda, como un Eddie Van Halen cualquiera. Sin embargo, sus pretensiones eran cada vez más descabelladas. Una voz se dirigió a él desde el cielo en pleno proceso de casting: “Te daré a Madonna”. ¿Y quién era él para rebatirlo? Convencido de que la Reina del Pop caería en sus brazos por la gracia de Dios, Koresh instó a Schneider para ofrecerle la vacante de vocalista y asegurarle un puesto destacado en su harén de Waco. Tampoco prosperaron propuestas similares a Mick Jaggero el guitarrista Joe Satrini.     

La fiebre le duró a Koresh hasta principios de los años noventa, cuando decidió centrarse en su ministerio evangélico y renegar para siempre de la babilónica MTV. Antes de tirar la toalla, todavía tuvo tiempo de grabar un breve repertorio de canciones que le han sobrevivido como legado de su megalomanía. La primera de ellas la registró junto a su banda en los estudios Big Planet de Waco en 1987. Su título no podría ser más apropiado: ‘Mad Man in Waco’. “Hay hombre loco en Waco / que le reza al Príncipe de las Tinieblas”, entona Koresh, quién sabe si haciendo referencia a Ozzy Osborne. “¿Nos ayudarás, Señor / a cumplir con nuestra penitencia?". 

 

LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO

En 1993 el FBI se interesó por los verdaderos propósitos del asentamiento davidiano. La Agencia para el control de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego (ATF) puso en alerta a las autoridades de Texas sobre el peligro potencial de una revuelta armada integrista. Como medida de precaución, infiltraron a uno de sus hombres en el rancho de Monte Carmelo, para evaluar la situación desde dentro. El agente Rodríguez se ganó la simpatía de Koresh y alertó a sus superiores sobre las actividades paramilitares que tenían lugar en el rancho. El alto mando programó una redada sorpresa para 28 de febrero de 1993. Las órdenes eran claras: detener a Koresh bajo la acusación de tráfico de armas y conspiración. Entrar y salir.  

Quien haya visto la sobrevalorada Red State (Kevin Smith, 2012) se puede ir haciendo una idea de lo que ocurrió a continuación. El operativo desplegado por la ATF resultó una chapuza desde el primer momento. Una filtración interna puso bajo aviso a un canal local de noticias que envió una unidad móvil tras la pista de la exclusiva. Los reporteros se perdieron en dirección a Monte Carmelo y decidieron consultar a un campesino para que les indicase el camino. Aquel tipo malencarado resultó ser el cuñado de David Koresh.

El agente Rodríguez supo que algo no iba bien en cuanto vio el rostro de David  ensombrecerse al colgar el teléfono. Por un instante temió por su vida, pero el líder se mostró magnánimo. Le dijo que cogiese el coche y se largase. Y que no se preocupase por sus amigos los federales; les estarían esperando.

 

El sitio al rancho mantuvo al mundo en vilo durante 51 días. Fue retransmitido en directo vía satélite y suscitó una agria polémica sobre la actuación del FBI y el ejército. Lo que empezó como un pequeño operativo, había degenerado en una exhibición de fuerza con varios tanques implicados que evidenciaba el nerviosismo de la administración Clinton al tener que enfrentarse a su propio Jonestown.

Herido durante el tiroteo con los agentes de la ATF, Koresh se comportaba de cara a la sociedad como un mártir contra la gran mentira gubernamental. Primero convenció a los federales para que le abrieran los micrófonos de una emisora de radio a nivel nacional y exponer su mensaje bajo la falsa promesa de entregarse. Más tarde difundió un video en el que presentaba a su familia y acusaba a las fuerzas del orden de irrumpir en su propiedad con falacias. “No somos terroristas; somos creyentes. (…) Nadie nos va a hacer daño ni a mi ni a mi familia. No mientras podamos defendernos”. 

Los davidianos resistieron estoicamente sin luz ni agua, racionando los alimentos y durmiendo hacinados para combatir las bajas temperaturas. Desde el exterior intentaban socavar los sólidos cimientos de su fe mediante la presión psicológica: ‘These boots are made for walking’era emitida en bucle a través de unos potentes altavoces, mientras los helicópteros que sobrevolaban la zona los deslumbraban con focos en mitad de la noche. “Un día estas botas caminarán sobre ti / Sigues pensando que nunca te quemarás, ¡ja! / Acabo de encontrar una nueva caja de cerillas (…) ¿Estáis preparadas, botas? ¡Empezad a caminar!”. Pasaban los días y la canción no parecía surtir el efecto esperado, así que la ralentizaron hasta convertirla en una cacofonía espeluznante. 

 

Con las negociaciones en punto muerto y arrinconados por la presión mediática, los mandamases de turno abogaron por medidas aún más expeditivas. Se procedió al ataque con gas lacrimógeno durante casi 48 horas, obligando a que las mujeres y niños buscasen refugio en el sótano de la capilla. Cuando finalmente los tanques embistieron la fachada del rancho, provocaron serios daños estructurales que bloquearon las salidas e hicieron del edificio una trampa mortal al declararse un incendio en el ala oeste. Más de 80 personas murieron, víctimas de la asfixia o pasto de las llamas. Durante el recuento de bajas civiles se identificaron los cadáveres de Koresh y Schneider, tendidos en un pasillo y con sendas heridas de bala en la cabeza. El martirio del mesías se consumaba así a la simbólica edad de 33 años.

 

DAÑOS COLATERALES Y TRIBUTOS DISCOGRÁFICOS  

19 de abril de 1995: el mismo día en que se cumplían los dos años exactos del fatídico desenlace de Monte Carmelo, un artefacto explosivo asolaba el edificio federal Alfred P. Murrah en Oklahoma City , pasando a los anales como el atentado más grave de la historia norteamericana hasta el 11 de septiembre de 2001. Fallecen 168 personas y el número de heridos supera los 700. El responsable de semejante atrocidad respondía al nombre de Timothy McVeigh , un veterano de la Guerra de Irak que pretendía expresar así su resentimiento con el gobierno estadounidense. Antes de ser ejecutado mediante una inyección letal en 2001, McVeigh reconoció haber seguido muy de cerca el sitio de Waco y sentirse identificado con “su acto de heroísmo mediante la resistencia armada”.

Tan solo un año antes, una independiente de Iowa llamada Junior Motel Records anunciaba el lanzamiento de ‘Voice on Fire’, un álbum póstumo atribuido al líder de los davidianos. En realidad se trataba de una grabación casera que incluía un par de infumables baladas a lo Christopher Cross, ‘Book of Daniel’ y ‘Sheshonahim’, como colofón a uno de sus interminables discursos:  “¿Cómo voy a predicar el camino de la Salvación a quién no me conoce todavía? A nosotros nos ha salvado la esperanza que nos da la Fe. (…) El Señor guía nuestros corazones. No se trata de un sentimiento, sino de una aceptación. Para ello hemos de reconocer nuestros propios errores. Esta canción vino a mí antes de que cayese en la cuenta de todo esto. Incluso años después de hacerme cristiano, seguía sin entender lo que Dios esperaba de mí. Entonces me di cuenta de que había sido un mal ejemplo para aquellos que me seguían. Cuanto más aprendía sobre Cristo, más me arrepentía de mi comportamiento en el pasado. Debía disculparme ante mi propia familia por ser un impostor. (…) Dios todavía me ama, y ahora que lo sé estoy en disposición de comunicárselo a mis hermanos y al resto del mundo. Que el Señor todavía les ama.”

 

El disco llegó a las tiendas en un clima de polémica y Kirk Kaufman, propietario del sello, se vio obligado a defenderse de quienes le acusaban de lucrarse a costa de la tragedia, aduciendo que un porcentaje de los beneficios iría a parar a una de las hijas de Koresh, de tan solo 13 años de edad. Sin embargo, la máxima beneficiaria de la operación fue Sandy Berlin, una ex novia a la que el propio Koresh habría hecho entrega de las cintas originales y que no dudó en subirse al carro para relanzar su propia carrera artística, que ella misma definió en su día como “un cruce entre ABBA y Moody Blues” y de la que nunca más se supo. 

Llegados a este punto, tal vez se hayan olvidado de Clive Doyle. Aquel joven iluso que hubo de soportar el rechazo inicial de las multinacionales, finalmente consiguió sacar a la luz una nueva remesa de material inédito bajo el título de ‘Songs to Grandpa’ (1996), contando con el beneplácito de la madre de Koresh, Bonnie Haldeman. Presumiblemente se trataba de un cassette que el propio David reutilizó varias veces para sus sermones y en el que se pueden escuchar varias tomas alternativas de ‘Darkness In The Light’, ‘Waiting So Long’ y ‘The Lonely Man’. El minutaje restante se repartía entre oraciones y recuerdos en honor de su destinatario original, el abuelo de Koresh, fallecido semanas antes de esta grabación cuya custodia, según afirma Doyle, le fue confiada por el profeta durante los últimos días del asedio. 

 

A rebufo del componente conspiranoico y mesiánico, incontables bandas de la escena  heavy metal, hardcore-punk e industrial se han hecho eco de los acontecimientos de Waco. Primeras figuras de la talla de AC/DC, Black Sabbath, Dream Theater, Lard (la colaboración de Jello Biafra con miembros de Ministry), No Use For a Name o Machine Head han aportado su propia visión de los hechos. La onda expansiva ha alcanzado también a bandas tan poco susceptibles del morbo como The Waterboys, Grand Lee Buffalo o Boards of Canada, cuyo ‘Amo Bishop Rhoden’ homenajea a una de las opositoras de Koresh.

Eso por no hablar del fanzine asturiano Waco, cronista oficioso de la explosión del Xixón Sound en los años noventa y abanderado de grupos como E-330, Ass Draggers o Kactus Jack. O de proyectos directamente inspirados en el del líder de los davidianos, como el tremendista ‘Jahweh Koresh’ (1993) de los alemanes The Eternal Afflict o la parodia en clave de ópera rock de ‘David Koresh Superstar’(2011) de los británicos The Indelicates.

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Megadeth, Ted Nugent, Kiss

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